La muerte de los niños

Y el temor a la profundidad

El otro lado y el miedo

La muerte de los niños es un tema que te propongo reflexionar en un momento paradójico de nuestras vidas y de nuestras comunidades: cuando nos hallamos en “el mejor momento” desde el punto de vista social, exterior, “tangible”.

El motivo para ello radica en que se produce un encadenamiento cíclico entre el máximo bienestar y el inicio de un período negativo de nuestras vidas. Cuando digo “bienestar” quiero decir el momento de mayor consumo en nuestras vidas y contextos. Allí, precisamente, sucede la muerte de los niños, como el Yin y el Yang, se produce un engendramiento del opuesto.

Sé que este tema que te planteo no está bueno, no es agradable de pensar, incluso causa temor, pero tiene una finalidad positiva: es un parámetro, un marcador, una señal que puede testearnos realmente “desde el alma”, desde nuestra profundidad.

Muchas veces te voy a repetir esta idea: cuando las personas y las sociedades se saturan se engendra de modo paralelo un impulso de destrucción hacia los niños o las generaciones más jóvenes. Si estás involucrado en la saturación, advertí y percibí la señal para no cometer errores y para que te obligue a prestar atención a lo esencial, aun cuando no puedas salir de la saturación por el presente. Si no estás en medio del proceso pero tal vez tu sociedad lo esté, observá el proceso porque es masivo y arrastra a todos.

Este acontecimiento es un principio o arquetipo, se produce por necesidad y no puede detenerse ni modificarse, aunque una personas sí puede sustraerse de su radio de acción. ¿Cómo?

¡A través del miedo!

“El miedo te sirve” dijo alguna vez Guillermo Vilas. El miedo de obliga a estar atento, alerta, prestando atención a todo lo que sucede a tu alrededor, no deja que la anestesia social del bienestar te adormezca y te vuelva insensible a los aspectos esenciales de la vida.

Hace muchos años viajé a Europa para competir en un deporte. Arribé a Lucca, una ciudad italiana que se caracteriza por ser la que posee la población más avejentada de todo el continente: allí no nacen niños. El primer día fui a la plaza principal y, a pesar de que no tenía hijos ni pensaba en tenerlos en ese momento, percibí un choque violento en mi mente. Incluso fue inconsciente, porque no sabía qué me pasaba hasta que tomé consciencia que me producía un gran rechazo el hecho de que no hubiese niños en la plaza, ni en las calles, ni en ninguna parte, ellos no eran parte de la vida de aquella comunidad. ¡Increíble! Uno no puede creerlo hasta que no lo percibe por sí mismo. Lamentablemente, nosotros nos dirigimos en la misma dirección.

Aplicación práctica: cuando a todos les vaya muy bien… ¡huí!; cuando a la mayoría le vaya muy mal… ¡vení!, es momento para nuevos proyectos.

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