Alicia encerrada en su pieza…

La leona ha perdido al macho dominante del grupo en la disputa por el trono, ve como el nuevo Alfa se dirige hacia su área en busca de sus cachorros. Ella no hace nada, sólo observa cómo él los devora.

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Alicia se encuentra desganada y apática, sin poder hallar ninguna motivación que la impulse a salir de años de encierro ante la imagen partida que le devuelve el espejo fracturado del placard.

Hace un año su madre partió al exterior, tras la muerte del padre de Alicia, diciendo a sus hijos que debía contactar a sus suegros por la herencia que se hallaba en otro país. En un comienzo la comunicación era frecuente, como el dinero que enviaba para sus tres hijos; a medida que fue pasando el tiempo, los llamados se tornaron esporádicos, el dinero ya no alcanzaba, y ya no respondía ningún tipo de pedido.

Mientras su hermana y hermano menores duermen, Alicia recuerda la historia familiar. Su madre se había casado para huir de su casa paterna; luego de años de Psicoanálisis decidió que debía darle lugar a sus deseos individuales como resarcimiento a su pasado traumático, pero en estos deseos sus hijos no tenían lugar. Su padre, sometido por un padre tirano y exitoso, siempre había sentido la humillación de éste hasta la depresión devastante que lo llevó al suicidio. Alicia comprende que su madre tiene que “negociar” la herencia con su suegro… pero ello implica un sacrificio…

Los sucesos se desencadenaron tras el suicidio del padre de Alicia. Hacía tiempo que atravesaba una profunda tristeza, incomprensible para su hija, de la que nunca pudo salir. Ella sólo recordaba una breve conversación con su padre en la que él le había contado su frustración: nunca había alcanzado las expectativas de su familia de origen al decidir dejar la empresa que habían fundado y viajar hacia América en busca de su propio destino. El abuelo de Alicia no había perdonado esta decisión y menos aún la familia que luego tuvo; en todos aquellos años, el resentido abuelo, había invertido su tiempo tanto en negocios como en maniobras para transferir su capital a una persona con la que tenía un oscuro vínculo y que hacía de testaferro de aquel.

Este recuerdo eclosionó en la mente de Alicia al ver en una red social a su madre con aquel hombre y sus abuelos. Aquel hombre era el empresario que su padre le había mencionado alguna vez como aliado de algunos negocios sombríos de su abuelo; ella entiende la estrategia de unos y de otra: se trata de una alianza de negocios en la que no puede divisar qué lugar ocupan ella y sus hermanos.

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La abulia de Alicia tiene fundamento en un comportamiento instintivo y primario del que es realmente difícil salir, puesto que tiene a toda la naturaleza en su contra. El abandono materno no es una simple ausencia sino la introducción de la joven en un paradigma de pensamiento que, cómo estructura mental, implica la desaparición de Alicia junto a sus hermanos y su estado de ánimo es espejo de ello, aún cuando ella no lo comprenda. Su madre ha activado en ella el impulso de muerte, puesto que la naturaleza “sabe” que un mamífero en desarrollo depende de la asistencia primaria, y ella ha sufrido una doble pérdida. Sin embargo, Alicia es mucho más que un mamífero.

Su psiquis no funciona como la del resto de los animales, cuando la de aquellos tan sólo se dejaría caer en la muerte, a lo sumo enviando un grito apagado de dolor a un otro inexistente, el proceso mental de la joven humana envía la señal hacia ella misma, hacia su propio Ego, produciendo el desdoblamiento del ser.

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Alicia hace consciente el inconsciente familiar. Su ser se desdobla a través del proceso reflexivo que la hace verse a sí misma como si fuese otra; su consciente y su inconsciente se alían en la activación del Self: el más poderoso impulso de vida y autodefensa que posee la psiquis humana.

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Alicia recuerda aquella oración de pequeña junto a su mamá, en la cama antes de dormir, para protegerla de los “monstruos del ropero”:

Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche, ni de día.

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