Los predicadores del “tu puedes”

Suelo escuchar, tanto a predicadores de diferentes credos como a consejeros psicológicos de la autoayuda, reflexionar desde la creencia básica de poder resolver problemáticas personales a partir de la fuerza de voluntad. Me llama mucho la atención que existan estos “maestros” actualmente, puesto que hace ya más de 2000 años el judaísmo produjo una implosión sobre sí mismo guido por este falso razonamiento.

Sucede que no nos resulta sencillo asimilar el dolor que produce el comprender que no podemos vencer frente al “mal” o frente al “daño psicológico”; nos anestesiamos a nosotros mismos creyendo que con una dosis mayor de buena voluntad nuestra realidad sería diferente.

Más allá del propio auto-engaño en el que caemos pensando de este modo, dejamos en completa soledad a aquellos que experimentan que “querer no es poder”; situación muy frecuente en las adicciones pero extensiva a la mayor parte de la psicopatología. Pienso que este error de análisis tiene que ver con el rechazo y prejuicio descalificante que realizamos sobre el deseo y la intuición. ¿Por qué? Porque no creemos que pudiésemos encontrar una guía interior e independiente de la sociedad que nos rodea para afrontar nuestra realidad, nuestra situación.

¿Qué sucede si dejamos de mentirnos y asumimos que el narcotráfico o la inseguridad urbana en nuestros países no se podrán resolver con voluntad política y buenas gestiones? Sucede que pasamos a estar desprotegidos de nuestro anhelado Estado maternal que debe ocuparse de nosotros.

No puedo contener el mal que se desarrolla dentro delSelf(Si-mismo) personal y colectivo. No obstante, entre el deseo de paz y el dolor frustrante de no lograrla, puedo hallarme sintiendo compasión. Por esta puerta estrecha me encuentro pasando hacia otra dimensión, una que no calma mi dolor pero que le da sentido a la angustia.

A través de la empatía puedo llegar a sacrificar la parte más codiciada de mi ser: mi confort y bienestar. ¡Terrible! Pero allí sucede algo que los psicólogos podemos señalar: el bienestar que anhelamos y el malestar o sufrimiento que rechazamos, están adheridos a nuestro Ego; por lo tanto, si quitamos uno también lo haremos con el otro. A su vez, estas cualidades de nuestras personalidades se hallan en la “capa” más externa de nuestra psique, por lo que su “destrucción” no implica mayor inconveniente para nuestra mente, la cual puede asimilar perfectamente este hecho.

El arquetipo de la puerta estrecha remite a la puerta de las ovejas, una abertura pequeña por la que ingresaban los corderos a ser sacrificados en el Templo de Jerusalén.

Este planteo sencillo tiene una lógica clara; sin embargo, no lo aceptaremos rápidamente, preferiremos salvaguardar nuestro Ego, o lo que quede de él. Tal vez, el mal en el mundo no nos preocupe demasiado.

Psicólogo, Santa Fe, Argentina.

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