Alicia sin espejo

La lógica del Ánima-Animus

Carl G. Jung, psiquiatra suizo, planteó que el Inconsciente individual de cada ser humano se halla opuesto en género al Yo: el Inconsciente del hombre es femenino -al que denominó Ánima-, y el de la mujer es masculino -Ánimus. Desde esta clave de lectura están escritos los ensayos bajo el título de Alicia.

Alicia representa el Yo de una mujer o el Ánima de un hombre en estado de melancolía -un proceso consciente para el Yo de la mujer, inconsciente para el Yo del varón. La tristeza asociada a la culpa, propias de este estado, producen el “angostamiento” de la capacidad de percibir un futuro mejor; pero el punto crítico es que en el estado de angustia, el sentimiento se antepone a lo que ocurre en el pensamiento y lo atrapa, no permitiéndole una salida.

La imaginación de un escenario futuro positivo (sólo uno) por medio de la creatividad, hacia el cuál orientar la acción produce un dominio sobre el sentimiento, al que coloca en un segundo plano. Naturalmente, esto no es tan sencillo de realizar ni se logra con ejercicios simplistas de visualización; requiere previamente la “fractura del espejo”, esto es: del ideal inoculado por el otro social. Pero hay otro aspecto a considerar: el padre de Alicia.

La figura del padre muerto remite al fallo de la función paterna en la psiquis del individuo. A su vez, su restauración está asociada a la creatividad -generación- y al afrontamiento del futuro, una especie de “fe”; no casualmente las grandes religiones monoteístas son “religiones del padre”.

Las historias que presento integradas bajo la etiqueta de Alicia son casos reales.

Alicia encerrada en su pieza

El monstruo de la laguna

¿Quién me llama?

Un sueño de Alicia