Los mecanismos de defensa y la lógica del cordero degollado

Síntesis

Existen en la psiquis humanas los denominados “mecanismos de defensa”, que representan aquellas maneras en las que los seres humanos nos defendemos de lo que nos duele o nos hace sufrir. Estos mecanismos de defensa pueden ser saludables o patológicos o, inclusive, indistintos, no tener mayor significado para nuestro yo. Sin embargo, existe una “no defensa” más eficaz que cualquier defensa.

cordero

Ejemplos de mecanismos de defensa pueden ser la racionalización, la tendencia a encontrar una explicación lógica a todo lo que nos pasa sin dejar lugar a la incertidumbre natural de la vida; otro es la proyección, en la que acusamos a otra persona de lo que percibimos en nosotros mismos pero no nos animamos a reconocer por nos produce mucho sufrimiento.

Muchos otros comportamientos y actitudes que adoptamos a diario pueden englobarse en este fenómeno mental, sin embargo, quisiera mostrar algo que responde a “otra lógica”, que no sigue el curso normal de acción y que si es realizado en el momento correcto, puede producir un enorme efecto sobre la salud de una persona.

Los mecanismos de defensa se desarrollan porque la imagen de nosotros mismos (nuestro Ego) se ha sentido herida o vulnerada de alguna manera e, inconscientemente, intentamos protegerla.

Hace muchos años, en medio de uno de los genocidios más atroces de la historia humana, los primeros cristianos vieron emerger en sus comunidades un símbolo del Inconsciente Colectivo que representaba a Jesucristo pero de un modo diferente que en aquellos que tenían una experiencia directa de él: lo percibieron como un cordero degollado en medio de un contexto donde había muy poco lugar para el Ego. Esto dejó una marca muy profunda en aquellas comunidades de cristianos perseguidos que les permitió sobrevivir casi 300 años a las persecuciones, amenazas, torturas y asesinatos por parte del imperio romano que terminó perdiendo la batalla interna frente al cristianismo naciente.

Como consecuencia de ello, es posible extraer una idea acerca de cómo puede una persona actuar cuando se siente muy angustiada y agobiada, se deba ello a una causa interna o externa.

Hay momentos en que no es conveniente forzar, ni luchar contra la adversidad, ya que el ser humano se adapta desde el deseo del corazón que brota por las heridas abiertas, lo hace generando símbolos vitales que le dan sentido a su vida; por ello, en ese mismo contexto al que me refiero, a Cristo también se lo denominó Logos o Sentido.

Hay algo más… hubo una persona que sin contacto alguno con Jesús llegó a las mismas conclusiones cinco siglos antes que él en China; algunos místicos dicen que Lao Tsé y Jesucristo se encontraron en el espacio atemporal del Inconsciente Colectivo. El pensador chino dijo “wu wei”, que significa “no acción”, y dejó en un librito de tan sólo 5000 palabras una de las marcas más profundas de todo el pensamiento chino; ocultas en la historia pero que emergen en el siglo XX… tal vez porque el “espíritu de la profundidad” (concepto junguiano) así lo atrae.

Cuando cae el Ego surge el Si-mismo, quién realmente uno es. Ello es sentido. No hay nada que hacer, surge solo si removemos los obstáculos.

La riqueza más peligrosa (nuestro Ego)

¿Por qué realizo tanta insistencia en la angustia, el alejamiento del confort y de toda comodidad? Porque tras estos últimos se esconde la pretensión de construir una imagen del Yo que intente evadirse de toda limitación propia de la existencia humana; a esta imagen encubridora la denominamos “Ego”. El problema es que construir a lo largo de toda la vida de una persona esta imagen, basada en nuestras conquistas, nuestros logros tangibles, nuestros reconocimientos sociales, es algo altamente peligroso. ¿Por qué?

Para responder esta pregunta y comprender el fondo de este planteo, basta mirar qué sucede en la vida de una persona “exitosa”, desde el punto de vista social, cuando un hecho desafortunado sucede. En primer lugar no hay nada que pueda soportarlo, no hay nada que pueda contener el dolor; pero en segundo lugar, sucede algo que llamaría una “condenación en vida”: ¡esta persona debe continuar con su vida! La demanda de su Ego es tan grande; a esta “fama” (pequeña o grande) ha consagrado todas sus fuerzas, y ella ahora le demanda despiadadamente (sin consideración de su dolor) que siga y siga, que continúe actuando de la misma manera, que no puede detener la máquina. ¿Me comprendés? Poco hay más terrible que esto… además de todo el dolor, tenés que ahogarlo dentro de vos mismo, debés enviar a matar a tu propio corazón. Peor que un sufrimiento es un sufrimiento asfixiado.

No hay ningún problema en el desarrollo de las capacidades de una persona, ni de la fama incluso, el problema es que te lo creas. Una cosa es tener una función social, otra “creérsela”.

Ok. Continuemos. Tengo más malas noticias para vos. La limitación va a llegar, inevitable e impredeciblemente. ¿Entendés? Algún día, algo malo va a suceder. Lo que pretendo decirte, y que lo traigo aquí desde la experiencia de los místicos y de los psicólogos junguianos, es que es imprescindible el desarrollo del mundo interior, prestarle atención por encima de cualquier situación externa, porque es la única manera de afrontar esta guerra perdida por la prevalencia del Ego.

Sé que todavía no nos entendemos. Tal vez pueda explicarme mejor cambiando el enfoque: existe un increíble potencial en nuestra psique para afrontar las diversas situaciones vitales que nos tocan vivir, que puede potenciar nuestra vida en los momentos positivos y que puede ayudarnos en nuestros dolores. No se trata de un modo de defenderse, sino todo lo contrario, un modo de crecimiento desde dentro hacia afuera. ¡Creo que estoy progresando en mi modo de expresarme!

Vos me dirás: “Ok. Lo compro. ¿Cómo se hace?” Lo primero (volvemos al punto de partida) es lo más difícil pero pone en marcha todo el funcionamiento interior: no hay que hacer nada. O sea: hay que dejar de alimentar el Ego, dejar de hacer cosas por su fama y su prestigio. Luego, la angustia marcará el camino. El Ego es una anestesia del ser; siempre que haya angustia él estará fallando y siempre que no la haya él estará refugiándose en alguna comodidad o “zona de confort”, como dicen los psicólogos “top”. Aquí hay una señal clara, como un cartel en una autopista que te indica en qué dirección debes continuar.

Sólo prestar atención al proceso, puede ser de enorme trascendencia y aún eficacia.

Dios abandona al hombre

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Suelo escuchar que Dios no abandona nunca al hombre que lo busca, y menos aún en momentos críticos. Pero esto no es cierto; en determinadas ocasiones Dios abandona. De hecho, está en la Biblia: Dios abandonó a su propio hijo en la crucifixión. ¿O tal vez Jesús mintió? ¿O quizás era un pecador y por eso lo abandonó?

Sucede que racionalizamos demasiado las cosas, buscamos explicación para todo y pretendemos una lógica exacta que nos permita comprender todo lo que nos sucede; pero ello no existe. El abandono sucede y no sabemos por qué. Por lo general tomamos consciencia de esto cuando reconocemos que vamos a morir.

A veces resulta útil, práctico, preguntarse hacia donde nos lleva una determinada experiencia y no tanto de dónde proviene. Es que estamos acostumbrados a quejarnos y a compadecernos de nosotros mismos que reingerimos una y otra vez el vómito de nuestro pasado sin percibir que algunos hechos presentes sólo se pueden explicar en prospectiva y no en retrospectiva. ¿Acaso conduciríamos nuestras autos mirando el espejo retrovisor para ver si la ruta es recta o tiene una curva?

Cuando somos niños todos creemos en Dios o en alguien poderoso que va a ayudarnos y protegernos siempre. Así pensaban los judíos contemporáneos de Jesús: el Templo era intocable y vendría un líder militar a liberarlos de la esclavitud romana y a convertirlos en los dueños del mundo (una pretensión bastante infantil). Pero Jesús le dice a los espirituales de su tiempo (a los practicantes judíos) que el Templo iba a ser destruido y que Dios no tenía ninguna salvación para ellos. Y así sucedió.

A veces es necesario distinguir a quién le habla Jesús en determinados momentos: a los religiosos les dice “no”, y a los que les anuncia “buenas noticias” es a otro tipo de personas, quiénes la mayoría no eran personas religiosas. ¿Y cuál es la buena noticia para estos últimos? ¿Que nadie va a venir a salvarlos? ¡Eso ya lo sabían!

¿Es posible que Jesucristo haya dado un mensaje centrado en la interioridad del hombre? Quiero decir: sin esperar “auxilios” externos. Porque si esto fue así, él fue un verdadero psicoterapeuta. Acaso su frase antes de su muerte “Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?”, ¿no es también un mensaje a sus amigos y quienes lo siguieron, como para que quede claro el asunto? “Ni papá, ni mamá, ni nuestros líderes religiosos, ni Dios, van a salvarnos del imperio Romano y del mal.” Ahora: ¿no implica esto una real toma de consciencia de la existencia y permite ser más operativo hacia el futuro que permanecer en la dependencia?

Puedo pasarme toda la vida esperando que alguien me ayude ¡y actuando en consecuencia! O puedo empezar a desarrollar lo único que tengo: mi consciencia psicológica, mi reflexión, mi capacidad de sentir… mi alma (psyqué, en griego).

Santa Fe, Argentina.

Tristeza no es Angustia

Cuando eramos niños existía una fuerza interior que nos llevaba a desear jugar, divertirnos, explorar el mundo. Todo ello nos producía placer y al mismo tiempo era la base de nuestro crecimiento y de nuestro mundo interior.

Cuando nos volvemos adultos todo cambia, allí surge una sensación nueva: la angustia. Luchamos contra ella, intentamos acallarla con distracciones, anestesiarla con ansiolíticos, o directamente la llevamos hacia nuestro cuerpo con alguna sintomatología. Pero de una u otra manera, ella no se va.

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