Un momento para reencontrar el “eje” – Parte II

En la primera parte de este tema mencioné las patologías del vacío y la necesidad de “suspender” la vida cotidiana por algunas horas para dedicarnos a un encuentro con nuestra propia alma. En esta segunda parte me gustaría ser más preciso en algunos puntos.

Encontrar el eje

Salimos con nuestra bici, encontramos un lugar apacible donde estar cómodos un tiempo, tenemos nuestro equipo de mate y la soledad que necesitamos… Pero aún nos hace falta un elemento más: un cuaderno y una birome con la que podamos poner por escrito algunas ideas dispersas que llegan a nuestra mente.

La idea de tomarnos un tiempo de soledad para escribir produce en nosotros un efecto terapéutico -sanador- a través de la externalización de lo que vivenciamos; en caso que estemos en un buen momento, la escritura permite el enfoque y la concentración mental.

Aunque pueda parecer una acción infantil el hecho de otorgarnos espacio para escribir, y aún dibujar, esto representa una actitud de búsqueda de sentido personal que los objetos de consumo no pueden reemplazar.

Cuando un niño juega con objetos y éstos, a través de su imaginación, se transforman en autitos, soldaditos, casitas y tacitas de té, se activa en ellos el pensamiento simbólico -el que les permite transformar una cosa en otra por su acto creativo. Nada de esto sucede cuando se trata de objetos que consume un adulto, menos aún cuando su tiempo es estimulado exclusivamente por contenido digital.

De modo que tenemos un proceso mental que remite al “consumo de objetos”, entre los cuales se halla el juego digital, y otro proceso que remite al pensamiento simbólico, como el que empleamos cuando contamos un sueño que tuvimos. Este aspecto de nuestra vida psíquica -el de jugar, escribir e imaginar- es el que llena de sentido la existencia humana. Por este motivo las religiones (que buscan dar sentido a la vida) son grandes productoras de símbolos.

Para nosotros los psicólogos, no solamente un líder religioso tiene derecho a crear sentido, cada persona puede hacerlo si obtiene las herramientas adecuadas para ello; no obstante, la vida adulta suele asimilarse a la negación de esta cualidad por la que sólo algunos se atribuyen el derecho a crearlo y pretenden comunicarlo de modo determinante, cuando no dogmático.

El discurso del Amo

En el lugar del “Amo” que impone el sentido de la vida, lo que te propongo es que busques tu propio sentido a través del pensamiento simbólico, el espacio para ello ya te lo he descripto, pero aún resta un aspecto: ¿cuál es ese “eje” que le da seguridad y sentido sólido a la vida de una persona?

Si respondo esta pregunta no respeto tu individualidad; pero además de ello te estaría mintiendo. Nadie sabe, excepto vos, la respuesta a este interrogante. Sólo puedo decirte una cosa más. El eje de la psiquis es uno, sólo uno, y tenés toda tu vida para encontrarlo. ¡Suerte con eso!

Nota aclaratoria

Desterrar al Amo de nuestra vida no es “poca cosa” y suele ser la precondición necesaria para resolver el problema del determinante fundamental de la vida de un individuo. Vincent Van Gogh nunca pudo comprender por qué Dios le había dado un talento para la pintura si su entorno -fundamentalista- le decía que lo único que agradaba a Dios era la Teología.

Vincent fue teólogo y se convirtió en un pésimo predicador, no hallar su eje le costó el precio de la locura y el realizarse un agujero en su propio pecho, por medio de un bala de un arma de fuego que disparó contra sí mismo y con la que acabó con su vida.

Un niño al que el Amo no le permitió seguir pintando. Lo que vino después se llamó esquizofrenia o, en mis términos: un intento desesperado por salvar su Ánima.

Por qué nos cuesta tanto relacionarnos

Desde la soledad vacía hacia la compañía saturada

Los hombres y las mujeres nos encontramos, nos relacionamos, pero algo extraño nos sucede: cuando estamos solos, empezamos a crecer personalmente hasta que llega un momento, tarde o temprano, en el que nos aproximamos al vacío existencial; entonces entramos en relaciones que nos gustan, que nos hacen crecer en pareja y amistad pero… tarde o temprano también, nos sentimos saturados.

Vivimos y padecemos sobre este péndulo que oscila desde la soledad vacía hacia la compañía saturada. ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Cuál es el problema relevante y crítico?

El problema tiene un trasfondo complejo que, para comprenderse necesita ser analizado en sus múltiples determinantes: la soledad, los resultados que buscamos en las relaciones, la sexualidad y la comunicación. Todo ello es parte de la situación, pero…

El problema relevante y crítico puede estar en otro lado. Permitime ensayar una idea.
El libro que te presenté sobre nuevos modelos de paternidad (Aquí hay papá!), se inició con una observación sorprendida que obtuve de mis pacientes -mis grandes maestros-, en quienes ví el comportamiento extraño para mí, de vínculos padre-hijo/a que se volvían más fuertes tras un divorcio o separación. Allí tomé consciencia del peso negativo y destructivo que llega a tener el “ideal” en la vida de muchas personas y me animé a explorar una nueva realidad, muchas veces criticado por sólo planteármelo en ciertos ambientes conservadores.

Quiero proponerte hoy una “hipótesis de trabajo”, una idea para que reflexiones y saques tus propias conclusiones. Propongámosla así:

“Lo que obstruye las relaciones es el ideal.”

¿Por qué te planteo esto? Tiene que ver con el sentido y la empatía. Permitime que te comente.


A quiénes las circunstancias de la vida les han hecho añicos los ideales, se les presentan dos opciones: pueden intentar forzar lo que queda de su ego para que se amolde al ideal o, asumir las limitaciones y trabajar desde allí. El problema es que el ideal, tarde o temprano, siempre se derrumba como la torre de Babel; pero cuando aceptamos la pérdida del ideal, una nueva realidad se abre ante nosotros.

Decisión difícil la de soportar la vida fuera del ideal, sobretodo cuando el entorno juzgará contra nuestra posición. ¿Pero qué quiero decir con “estar por fuera del ideal”?
El ideal es por excelencia, el ideal que nos han educado como criterio de valor, por lo tanto, es la medida del otro, un Otro muy grande para nosotros, un ¡super Otro! Muchas veces seguimos bajo su mirada aún cuando ya hemos comprendido que no podemos satisfacerlo.

El ideal es, por lo tanto, un modo de la atribución externa.

Lo contrapuesto de ello, la búsqueda de una manera satisfactoria de relacionarnos con nuestra situación será realizando nuestras propias experiencias, que tienen muchos años de evolución codificada en nuestro ADN. Nuestra intuición es, en ocasiones, una emergencia de dicha información, y ella está lista allí para llevarnos al descubrimiento de nuevas realidades en las que podamos colocar nuestro talento y creatividad, ya que éstos encuentran terreno fértil para brotar cuando se nos presentan problemas nuevos. De esta manera, a pesar de nuestro ideal herido y casi sin darnos cuenta, ¡logramos superar la saturación!

El talento y la creatividad nos permiten, entonces, superar la saturación de una vida mecánica cuando pasamos por nuestras limitaciones. Pero nos queda aún un enemigo a vencer: la soledad vacía, que como agujero negro del alma se traga todo nuestro impulso vital como mujeres y hombres que somos. ¿Qué hacer con ello?

Si estás fuera del ideal me vas a comprender rápidamente, pero si aún crees en él, tal vez nuestros caminos se separen en este punto. Igualmente, te traigo alivio e ideas que calman. Dame una oportunidad, ¿te parece?

Observa detenidamente este fenómeno, el de la soledad vacía; ¿por qué se vuelve desesperante para muchas personas?

El vacío que produce la soledad tiene un trasfondo oscuro que se enraíza en un sentimiento que, si lo rastreamos, suele ser un oculto sentimiento de culpa. Todas las religiones han sacado provecho de esto, conociendo que quien calme esta culpa puede “prometer el cielo”, no obstante, éste no es un sentimiento creado por las religiones sino que ya estaba allí y tiene una función que cumplir.
En la lógica de algunas religiones, el hombre es culpable (con lo que se halla enfoque al malestar) y, tras un acto de expiación, recupera la “comunión” con Dios y la comunidad. Es una lógica peligrosa, puesto que pone en tela de juicio la pertenencia-exclusión de una persona, comportamiento que pertenece al poder.

La culpa es un sentimiento, que en nuestra cultura siempre se halla desenfocado de su causa real, puesto que la educación lo ha distorsionado. La culpa remite a un principio de salud del ser humano que tiene que ver con la amenaza de muerte o extinción, es un mecanismo de defensa innato para que los humanos, con muchos millones de años de evolución, no nos apartemos de nuestras comunidades de referencia puesto que ello representa un peligro para el individuo, lo que no significa que instituciones de poder deban aprovechar esta cualidad psicológica.

Si proseguimos esta línea de razonamiento, es sencillo tomar consciencia de que esta mezcla de vacío con culpa remite a la desconexión afectiva de un individuo con otras personas, con su entorno. Por lo tanto, el vacío y la culpa son sentimientos que tienen la función psicológica de señalar un déficit de la empatía, allí está su orígen y su diagnóstico real. Ante esto, se abren dos opciones: la del ideal formal (que tiene que ver con el uso del poder) y la de buscar restituir el vínculo empático, esta vez por fuera del ideal.

¡Una gran oportunidad!

Nuestra vida es multiplicidad de opciones una vez asumimos nuestras limitaciones, porque por ellas podemos construir nuevas realidades, nuevos tipos de vínculos -que ya no son parte de la configuración del ideal-, hombres y mujeres podemos establecer nuevos vínculos más allá de los conocidos que nos resulten gratificantes y muy interesantes de descubrir. Sucede que nuestra limitada educación sólo nos dice que la relación con el otro género debe desembarcar necesariamente en el sexo, y es nuestra poca consciencia al respecto la responsable de ello en gran medida.

El hombre para la mujer, la mujer para el hombre, puede ser fuente de amistad, de inspiración, de conocimiento, en última instancia, la apertura a un modo de percepción diferente. Resulta difícil, casi imposible de realizar, pero ello sólo se debe a que nuestra sexualidad afectiva ha sido mal educada, cuando no, no educada.
Tenemos mucho camino por recorrer en este plano, un gran camino y una gran oportunidad para conocer, y conocerse.

Ojos cansados de no soñar…

El domingo por la tarde ingresé a un local comercial, no veo más que lo cotidiano, una chica de veinti pocos años atendiendo. Me llamó la atención su mirada cansada, hacia ningún lado, tal vez cansada de su trabajo, tal vez cansada de no soñar… Entonces hice lo que no debo hacer, me puse a pensar y decidí hacerme una pregunta: “¿esta joven no debería estar tomando mates en la costanera con sus amigas? ¿qué hace aquí trabajando? ¿habrá querido estudiar? ¿o tal vez… otra cosa?

*  *  *

Abandonamos nuestra infancia

Cuando éramos niños jugábamos con juguetes y, de ellos como un trampolín, saltaban imágenes y sensaciones en nuestra mente, tan intensas, tan vívidas, que las recordamos muy cercanas a la felicidad.

Algo siempre irrumpe allí, y trastoca ese mágico mundo, para lentamente darnos cuenta que tenemos que “ser adultos”, dejar de soñar despiertos y empezar a pensar nuestras acciones. De una o de otra manera, el poder del materialismo nos deja en claro que hay alguien que puede someternos, y que nosotros deberemos aprender estas lecciones. Llamémosle bullying, maltrato, o lo que sea. Es coercitivo y viene de afuera.

Hoy pasaron muchos años, y nos preguntamos “cuánto daríamos por volver a vivir aquel tiempo una vez más”… para tan solo dejarlo en el olvido, ya que “fue una ilusión, el mundo real es éste”.

Pero el manual del mundo adulto no funciona, los ideales que perseguimos no nos sacian y aquellas sensaciones de felicidad sólo podemos verlas a través del espejo invertido de nuestra infancia proyectada sobre niños ocasionales con los que interactuamos. No se entiende cuál es la lógica de volverse adultos, o adultos de esta manera disociada de una parte de nuestra vida y experiencias.

En este momento, en un intento por cuestionar los logros del mundo adulto, me pregunto si realmente ellos ganaron y “nos volvimos como los grandes”; o tal vez los niños nos defendimos y fuimos nosotros quienes ganamos, aunque estemos ocultos tras máscaras adultas esperando que suene la melodía del flautista de Hamelin y vuelva a convocarnos.

Quizás es hoy ese momento, quizás la imaginación y la creatividad que desarrollamos con aquellos juguetitos sean la llave maestra que necesitan nuestros problemas de grandes, hoy, para poder ser resueltos. Tal vez no debemos ir hacia adelante, sino hacia lo “profundo”.