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Papá es una sensación

Publicado: 13 septiembre 2017 en Génesis, paternidad, sensación

¡Respira!

Cuando un bebé/a nace, lo primero que pronuncia es algo así como “Ahhhhh…”; es su primera bocanada de aire y una y otra vez la repetirá. Sus papás estarán mucho tiempo atentos a este “Ahhhhh” que es lo más importante que tiene que hacer este niño y su señal de que está vivo. Cada vez que su mamá se acerque a su cuna, irá en busca de este suspiro, tan esencial, tan vital. Si el niño/a se enferma, podrá estar sin comer algún tiempo, incluso sin beber agua, pero ni un instante la naturaleza le permite suspender la respiración.

Seguido de esta primera inspiración vendrá la primera exhalación de aire del bebé, que no pronuncia ninguna vocal, pero si debiéramos identificarla con alguna podríamos decir que es un “ehhhhh…”. El ciclo de la respiración se compondrá entonces de un recurrente “ahhhhh-ehhhhh”.

Respiramos cuando estamos despiertos, respiramos cuando estamos dormidos; lo hacemos de modo voluntario, pero también nuestro organismo sabe hacerlo sin que tomemos consciencia del proceso. Si uno observa las espiritualidades orientales, en muchas de ellas la respiración está asociada a la divinidad y el dominio de la respiración es un modo de acceso a lo trascendente. También es así en la espiritualidad cristiana, dónde se dice que Dios, al crear al ser humano, sopló sobre él su aliento de vida. El nombre de Dios, “Yahvéh”, bien podría ser una referencia a esta respiración “Ahhhhh-ehhhhh”, de modo que estaríamos pronunciando su nombre toda nuestra vida, en cada momento, en cada lugar, y el día que digamos “Yahvéh” por última vez, será el último instante de nuestra existencia como también la última palabra que digamos. Pero hay mucho más en esto.

¡Papá es una sensación!

Si nuestra experiencia de Dios está asociada a la respiración, entonces no es un concepto intelectual ni una teoría, sino una sensación; no se percibe con el intelecto sino… ¡con el cuerpo!

Genial descubrimiento de los místicos; el psicoanalista francés Jaques Lacan retomó aspectos de la mística cristiana para remitirse a esta relación con el cuerpo más allá de toda comprensión racional; también lo hizo el psiquiatra suizo Carl Jung (*).

Al relacionar estas ideas con la de Dios como “padre” (respiración-sensaciones-padre), tomo consciencia de que la función paterna tiene que ver con las experiencias corporales, que lógicamente tienen más relación con el dominio del mundo externo a través de la musculatura y la fuerza, mientras que el mundo interno -sentimientos y pensamientos-, parecerían mayormente ligados a las funciones femeninas.

Sé que muchos sociólogos dirán que se trata de diferencias culturales, pero por el momento prefiero que mi maestro sea este papá que veo en la playa jugando a la pelota con su hija.

Resulta determinante situar la función de los papás en nuestra sociedad, somos nosotros, los hombres, los que hemos dejado de enseñar a nuestros niños cómo afrontar el mundo que está allí afuera y del que hemos huído para refugiarnos en un vicio, un fanatismo deportivo o un escapismo religioso; somos nosotros los padres los que fallamos en nuestra sociedad, inclusive más allá de Latinoamérica.

Pero hay un motivo más por el cual escribo estas líneas. Las escribo para aquellos y aquellas que no tienen a su papá o que está muy lejos de ser un buen papá; escribo para decirles que lo busquen por sus acciones y su modo de afrontar el mundo, en sus comportamientos -y no en sus palabras- están las respuestas a la búsqueda del padre.

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(*) Para elaborar este breve ensayo me he valido de una charla del doctor en teología protestante Lucas Leys, de la obra de fray Juan de la Cruz, del Seminario XX de Jaques Lacan, como también de la obra de Carl G. Jung.

Una serpiente descubre un hueco en las alturas de un árbol, su instinto asesino está perfectamente preparado para ejecutar el plan; nada la perturba, pues no tiene predadores en este hábitat; su mirada enfocada sólo percibe una cosa: lo que saciará su hambre. 

En un pequeño orificio de aquel árbol una ardilla amamanta a sus crías, aunque es muy pequeña, su cerebro con capacidad emocional es muy superior al de la serpiente, sin embargo, poco podrá hacer contra ella. Sus pequeñas crías se han desarrollado con el contacto físico de su mamá, que mientras las amamanta las lame, les da calor y les brinda un roce físico permanente.

Muy distinta ha sido la historia de la serpiente; ella nació desde un duro caparazón de calcio, nadie la alimentó con su calor ni le transmitió su propia substancia, su madre no calentó su fría sangre y para sobrevivir debió, desde muy pequeña, aprender a inyectar su veneno.

La primeriza madre ardilla no tiene opción, sus crías no pueden correr ni escapar, no tiene nada con qué afrontar un peligro de tal magnitud. Tal vez pueda huir, tal vez logre escapar y dejar sus pequeñitas ardillitas como cebo que distraiga al enemigo mientras le permite a ella la huida. Muchos hombres (hombres en primer lugar) y mujeres tomamos esta trágica decisión, ellos o nosotros, parece una decisión necesaria.

Un sacrificio necesario

Tal vez si huye puede lograr un aprendizaje significativo, seguramente podrá volver a reproducirse y escoger un mejor sitio para formar un nuevo hogar, todo parece justificar la respuesta lógica. Sin embargo, esta pequeña mamífera no tiene desarrollado “el árbol del conocimiento” como algunos mamíferos más evolucionados -de modo especial, el hombre-, sino que solo cuenta con su “árbol de la vida” para decidir, su cerebro afectivo, y éste le dice que por nada del mundo puede abandonar a sus crías.

La astuta serpiente se desliza por una gruesa rama, a pocos metros de la pequeña cueva; el pelaje de la ardilla se halla completamente erizado por el temor, coloca su cuerpo por sobre el de sus pequeñitas creaciones en un intento infructuso por protegerlas… Pero en ese momento sucede un hecho inédito, más allá de toda comprensión racional. El macho ardilla salta sobre la rama desde una posición superior, interponiéndose entre el predador y la madriguera, dispuesto a la lucha. El desenlace no tiene sorpresas, pero mientras el reptil devora al macho, la hembra tiene el tiempo suficiente para mudar las crías a un nuevo orificio en un lugar lejano, puesto que si no lo hace la serpiente volverá por la misma ruta cuando vuelva a sentir el hambre. El sacrificio del macho le permite la huída perfecta salvando a sus pequeñitos.

Hasta aquí, todo lo podés ver en un documental de televisión; pero hay algo más que rompe la ecuación, un verdadero milagro del gran Creador, cuyas palabras parecen estar inscriptas en la naturaleza antes que en cualquier doctrina religiosa…

La resurrección de la especie

Su sistema inmune es uno de los pocos que existen en la naturaleza capaz de soportar y contrarrestar el veneno de la cobra (y de cualquier serpiente venenosa); su agilidad mental le permite evitar sus ataques y cazarla fácilmente; con un cuerpo de pequeño tamaño comparado puede cazar víboras de gran volumen como las constrictoras.

La mangosta es un pequeño animal, similar a una ardilla, que para poder desplegar esta notable evolución ha debido morir muchas veces en luchas con serpientes en el pasado milenario de la especie. Pocos animales pueden cazar tan sagazmente a estos temibles reptiles y muchos menos soportar su mordida. Algunas aves pueden cazarlas, pero la mangosta es un mamífero, como aquella ardilla, que ha evolucionado desde el sacrificio de los machos, primera barrera de contención y defensa del núcleo familiar.

Lo voy a decir en términos psicoanalíticos lacanianos: el Nombre del Padre es la única defensa del Sujeto, y la única opción para su resurgimiento tras una crisis vital.

Hay dos clases de papás con hijos, o dos etapas de un padre que se interesa por sus pequeñitos: aquella en la que estamos luchando contra la angustia mortífera, y aquella en la que estamos mutando para convertirnos en una nueva especie, tan poderosa como para cazar una serpiente con los dientes y, al mismo tiempo, sin haber tenido que resignar nuestra esencia de mamíferos, aquella que nos distingue por los estrechos vínculos afectivos con nuestros “cachorros”.

¡Y nuestros hijos heredarán nuestra mutación!

Desde la soledad vacía hacia la compañía saturada

Los hombres y las mujeres nos encontramos, nos relacionamos, pero algo extraño nos sucede: cuando estamos solos, empezamos a crecer personalmente hasta que llega un momento, tarde o temprano, en el que nos aproximamos al vacío existencial; entonces entramos en relaciones que nos gustan, que nos hacen crecer en pareja y amistad pero… tarde o temprano también, nos sentimos saturados.

Vivimos y padecemos sobre este péndulo que oscila desde la soledad vacía hacia la compañía saturada. ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Cuál es el problema relevante y crítico?

El problema tiene un trasfondo complejo que, para comprenderse necesita ser analizado en sus múltiples determinantes: la soledad, los resultados que buscamos en las relaciones, la sexualidad y la comunicación. Todo ello es parte de la situación, pero…

El problema relevante y crítico puede estar en otro lado. Permitime ensayar una idea.
El libro que te presenté sobre nuevos modelos de paternidad (Aquí hay papá!), se inició con una observación sorprendida que obtuve de mis pacientes -mis grandes maestros-, en quienes ví el comportamiento extraño para mí, de vínculos padre-hijo/a que se volvían más fuertes tras un divorcio o separación. Allí tomé consciencia del peso negativo y destructivo que llega a tener el “ideal” en la vida de muchas personas y me animé a explorar una nueva realidad, muchas veces criticado por sólo planteármelo en ciertos ambientes conservadores.

Quiero proponerte hoy una “hipótesis de trabajo”, una idea para que reflexiones y saques tus propias conclusiones. Propongámosla así:

“Lo que obstruye las relaciones es el ideal.”

¿Por qué te planteo esto? Tiene que ver con el sentido y la empatía. Permitime que te comente.


A quiénes las circunstancias de la vida les han hecho añicos los ideales, se les presentan dos opciones: pueden intentar forzar lo que queda de su ego para que se amolde al ideal o, asumir las limitaciones y trabajar desde allí. El problema es que el ideal, tarde o temprano, siempre se derrumba como la torre de Babel; pero cuando aceptamos la pérdida del ideal, una nueva realidad se abre ante nosotros.

Decisión difícil la de soportar la vida fuera del ideal, sobretodo cuando el entorno juzgará contra nuestra posición. ¿Pero qué quiero decir con “estar por fuera del ideal”?
El ideal es por excelencia, el ideal que nos han educado como criterio de valor, por lo tanto, es la medida del otro, un Otro muy grande para nosotros, un ¡super Otro! Muchas veces seguimos bajo su mirada aún cuando ya hemos comprendido que no podemos satisfacerlo.

El ideal es, por lo tanto, un modo de la atribución externa.

Lo contrapuesto de ello, la búsqueda de una manera satisfactoria de relacionarnos con nuestra situación será realizando nuestras propias experiencias, que tienen muchos años de evolución codificada en nuestro ADN. Nuestra intuición es, en ocasiones, una emergencia de dicha información, y ella está lista allí para llevarnos al descubrimiento de nuevas realidades en las que podamos colocar nuestro talento y creatividad, ya que éstos encuentran terreno fértil para brotar cuando se nos presentan problemas nuevos. De esta manera, a pesar de nuestro ideal herido y casi sin darnos cuenta, ¡logramos superar la saturación!

El talento y la creatividad nos permiten, entonces, superar la saturación de una vida mecánica cuando pasamos por nuestras limitaciones. Pero nos queda aún un enemigo a vencer: la soledad vacía, que como agujero negro del alma se traga todo nuestro impulso vital como mujeres y hombres que somos. ¿Qué hacer con ello?

Si estás fuera del ideal me vas a comprender rápidamente, pero si aún crees en él, tal vez nuestros caminos se separen en este punto. Igualmente, te traigo alivio e ideas que calman. Dame una oportunidad, ¿te parece?

Observa detenidamente este fenómeno, el de la soledad vacía; ¿por qué se vuelve desesperante para muchas personas?

El vacío que produce la soledad tiene un trasfondo oscuro que se enraíza en un sentimiento que, si lo rastreamos, suele ser un oculto sentimiento de culpa. Todas las religiones han sacado provecho de esto, conociendo que quien calme esta culpa puede “prometer el cielo”, no obstante, éste no es un sentimiento creado por las religiones sino que ya estaba allí y tiene una función que cumplir.
En la lógica de algunas religiones, el hombre es culpable (con lo que se halla enfoque al malestar) y, tras un acto de expiación, recupera la “comunión” con Dios y la comunidad. Es una lógica peligrosa, puesto que pone en tela de juicio la pertenencia-exclusión de una persona, comportamiento que pertenece al poder.

La culpa es un sentimiento, que en nuestra cultura siempre se halla desenfocado de su causa real, puesto que la educación lo ha distorsionado. La culpa remite a un principio de salud del ser humano que tiene que ver con la amenaza de muerte o extinción, es un mecanismo de defensa innato para que los humanos, con muchos millones de años de evolución, no nos apartemos de nuestras comunidades de referencia puesto que ello representa un peligro para el individuo, lo que no significa que instituciones de poder deban aprovechar esta cualidad psicológica.

Si proseguimos esta línea de razonamiento, es sencillo tomar consciencia de que esta mezcla de vacío con culpa remite a la desconexión afectiva de un individuo con otras personas, con su entorno. Por lo tanto, el vacío y la culpa son sentimientos que tienen la función psicológica de señalar un déficit de la empatía, allí está su orígen y su diagnóstico real. Ante esto, se abren dos opciones: la del ideal formal (que tiene que ver con el uso del poder) y la de buscar restituir el vínculo empático, esta vez por fuera del ideal.

¡Una gran oportunidad!

Nuestra vida es multiplicidad de opciones una vez asumimos nuestras limitaciones, porque por ellas podemos construir nuevas realidades, nuevos tipos de vínculos -que ya no son parte de la configuración del ideal-, hombres y mujeres podemos establecer nuevos vínculos más allá de los conocidos que nos resulten gratificantes y muy interesantes de descubrir. Sucede que nuestra limitada educación sólo nos dice que la relación con el otro género debe desembarcar necesariamente en el sexo, y es nuestra poca consciencia al respecto la responsable de ello en gran medida.

El hombre para la mujer, la mujer para el hombre, puede ser fuente de amistad, de inspiración, de conocimiento, en última instancia, la apertura a un modo de percepción diferente. Resulta difícil, casi imposible de realizar, pero ello sólo se debe a que nuestra sexualidad afectiva ha sido mal educada, cuando no, no educada.
Tenemos mucho camino por recorrer en este plano, un gran camino y una gran oportunidad para conocer, y conocerse.