En busca de la felicidad

Una mutación de la especie.
Por primera vez en la historia, los machos homínidos producen maternaje.
Lo aprehenden de los animales más evolucionados, las águilas. El chamán visionario es un hombre con plumas.

buscafelicidad

Los seres humanos hemos realizado un salto evolutivo nunca antes visto; un ruptura en el desarrollo psicobiológico de la especie que lleva a que, por primera vez en millones de años, los machos adquieran la capacidad de maternar como las hembras.
Los hombres actualmente pueden ocuparse de un niño prácticamente desde su nacimiento, hecho inédito en la historia desde el punto de vista global e independiente de casos particulares.

Mutación

Esta situación posee una ventaja evolutiva notable: ante la eventual pérdida de uno de los progenitores, las crías humanas aumentan las posibilidades de supervivencia si tanto machos como hembras pueden garantizar la crianza en ausencia de la pareja; situación que se tornaba dificultosa en el esquema patriarcal donde, ante la falta del hombre proveedor las mujeres quedaban muy desvalidas para criar normalmente a sus hijos y, en el caso opuesto, los hombres se mostraban absolutamente incapaces de continuar la crianza de sus hijos teniendo que recurrir a algún tipo de reemplazo de la función materna, con gravísimo perjuicio psicológico de los niños que, tras perder a su madre, también perdían a su padre que no podía ocuparse de ello.

Volar como las Águilas

No obstante, esta situación no es novedosa en la naturaleza puesto que otras especies también han desarrollado la capacidad de ocuparse de las crías tanto machos como hembras; una de estas especies son las águilas, en particular, me refiero al cóndor, ya que es un ave local de Argentina -aunque el cóndor es más bien un buitre.

Las películas y el Inconsciente Colectivo

La película “En busca de la felicidad” muestra cómo un padre debe afrontar el difícil problema de la supervivencia en el mundo laboral, sin por ello soltar nunca la mano de su hijito que necesita de su presencia afectiva permanente, tras haber sido abandonados por su madre. El film permite conjugar dos situaciones dramáticas bajo un mismo enfoque: la necesidad de proteger a su niño hace que el personaje principal enfoque sus energías en la búsqueda de un futuro que pueda llevarlos juntos hacia la felicidad, sin que la realización de una necesidad implique el sacrificio de la otra, sino más bien retroalimentando una hacia otra la “energía” necesaria para emerger desde la crisis.

Ojos cansados de no soñar…

El domingo por la tarde ingresé a un local comercial, no veo más que lo cotidiano, una chica de veinti pocos años atendiendo. Me llamó la atención su mirada cansada, hacia ningún lado, tal vez cansada de su trabajo, tal vez cansada de no soñar… Entonces hice lo que no debo hacer, me puse a pensar y decidí hacerme una pregunta: “¿esta joven no debería estar tomando mates en la costanera con sus amigas? ¿qué hace aquí trabajando? ¿habrá querido estudiar? ¿o tal vez… otra cosa?

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Abandonamos nuestra infancia

Cuando éramos niños jugábamos con juguetes y, de ellos como un trampolín, saltaban imágenes y sensaciones en nuestra mente, tan intensas, tan vívidas, que las recordamos muy cercanas a la felicidad.

Algo siempre irrumpe allí, y trastoca ese mágico mundo, para lentamente darnos cuenta que tenemos que “ser adultos”, dejar de soñar despiertos y empezar a pensar nuestras acciones. De una o de otra manera, el poder del materialismo nos deja en claro que hay alguien que puede someternos, y que nosotros deberemos aprender estas lecciones. Llamémosle bullying, maltrato, o lo que sea. Es coercitivo y viene de afuera.

Hoy pasaron muchos años, y nos preguntamos “cuánto daríamos por volver a vivir aquel tiempo una vez más”… para tan solo dejarlo en el olvido, ya que “fue una ilusión, el mundo real es éste”.

Pero el manual del mundo adulto no funciona, los ideales que perseguimos no nos sacian y aquellas sensaciones de felicidad sólo podemos verlas a través del espejo invertido de nuestra infancia proyectada sobre niños ocasionales con los que interactuamos. No se entiende cuál es la lógica de volverse adultos, o adultos de esta manera disociada de una parte de nuestra vida y experiencias.

En este momento, en un intento por cuestionar los logros del mundo adulto, me pregunto si realmente ellos ganaron y “nos volvimos como los grandes”; o tal vez los niños nos defendimos y fuimos nosotros quienes ganamos, aunque estemos ocultos tras máscaras adultas esperando que suene la melodía del flautista de Hamelin y vuelva a convocarnos.

Quizás es hoy ese momento, quizás la imaginación y la creatividad que desarrollamos con aquellos juguetitos sean la llave maestra que necesitan nuestros problemas de grandes, hoy, para poder ser resueltos. Tal vez no debemos ir hacia adelante, sino hacia lo “profundo”.