La paternidad en nuestros tiempos

En la víspera del día del padre presentaré, junto a mi equipo de trabajo, este libro sobre la figura paterna en la sociedad actual. Es el tercero de una serie enfocada en los aspectos psicológicos y sociales del vínculo padre-hijos. En este caso, la historia se traza sobre un hombre cuya hija ha desaparecido misteriosamente, imagen simbólica del hombre que pierde su alma detrás del consumismo, el hedonismo y la violencia.

La narrativa es acompañada por una sucesión de ensayos en los que argumento por qué considero que la restitución de los daños del fallo de la función paterna es la clave de lectura para comprender el devenir de las próximas generaciones, huérfanas de dirección y sentido para sus incipientes vidas.

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El don de crear

El domingo escuché una pregunta, era una pregunta sutil, en apariencia sencilla, pero una de las pocas preguntas que realmente no puede el ser humano responder. Esa pregunta apuntaba a un límite que no podemos percibir, como cuando intentamos pensar en el límite del universo. Allí nuestro sistema cognitivo -nuestro pensamiento- toca una especie de agujero negro de la psiquis. La pregunta decía algo más o menos así:

¿Hay condenación?

¿Existe el juicio, el juzgar?

No es una pregunta teológica acerca de lo que pase en “el otro mundo”, es una pregunta concreta sobre nuestra vida cotidiana.

Cuando escuché la pregunta, que no podía ni puedo responder, argumenté que los curadores curamos independientemente de la voluntad de las personas, o de si son buenas o malas, sólo es necesario entrar en contacto; por lo tanto, puedo decir que hay sanación y supongo que Dios también debe querer salvar a todo aquel con el que entre “en contacto personal”, como lo hizo Jesús. No obstante, no nos apresuremos con mi optimismo.

Mi día se oscureció de inmediato a partir ese momento, aún cuando era exactamente el mediodía y quedé realmente abatido sin saber por qué. Quizás pienses que soy muy vulnerable y que esto es una gran estupidez. Es posible, pero como te dije, pertenezco al gremio de los curadores y la naturaleza ha ocasionado una particular herida en nosotros que nos produce sensibilidad con las cosas que enferman la psiquis de las personas. Si me permitís, voy a intentar mostrártelo.

Absorbiendo un poco más de veneno

Antes pensaba que era una bendición del Señor poder tomar el “veneno” de otra persona y generar los “anticuerpos” para ella -como lo hacen los caballos al producir el suero antiofídico que neutraliza la ponsoña de la serpiente-, ahora lo vivo como una maldición de la que no puedo huir.

La cuestión es que me llevó varias horas poder salir fuera de ese estado de desolación aparentemente injustificado, y pude hacerlo a través de una imagen o un símbolo que llegó a mi mente y que me permitió comprender la tensión existente entre el ser humano y el mal -el mal real, no estoy hablando de cuestiones del más allá.

Dones en conflicto

El mito del Génesis muestra un atributo del ser humano que aún hoy, miles de años después del enunciado de este libro, no llegamos a comprender. El ser humano tiene una cualidad que lo hace semejante a Dios, que lo “diviniza” podría decir y que, simbólicamente representa el árbol de la vida en el relato legendario, del que Adán y Eva podían comer. O sea: el mito dice que el ser humano recibe un don de Dios y que éste es la capacidad de crear -junto con Dios. La creatividad sería entonces el aspecto que más emparenta al hombre con lo celestial. Sin embargo, Dios tiene otra cualidad que también “dona”, pero esta vez no al hombre, sino a los ángeles: a ellos los “co-participa” del don de juzgar. El símbolo de ello en el relato del Génesis es el árbol del conocimiento del bien y del mal -esto es: “discernir, separar esto de aquello”, o sea: “juzgar”-, árbol con el que tienta la serpiente a Eva.

Permitime una digresión…

Este es el momento en el que todos los que tienen un trauma por algo que le hizo un sacerdote, pastor o lo que fuera, salen a esgrimir todas sus razones y fundaciones, aforismos y silogismos… No te evadas del problema por favor, lo que te estoy comunicando es mucho peor que lo que te hayan hecho y, además, nadie va a decírtelo. De hecho, te desafío a que encuentres alguien que te lo haya dicho… ¡Sin adquirir posiciones ideológicas! Ya que, si así fuese, otra vez estaríamos hablado de “juicios de valor”. Creo oír tu pregunta en este momento… ¡Así es! ¡No adopto ninguna postura acerca de nada! Te confieso que no es idea mía, lo tomé de Lao Tsé.

Luego de todo esto -gracias a Dios no fui tan extenso- intento volver al eje del razonamiento.

El asunto es que hubo un ángel, un tal Lucifer, que poseía dos rasgos sobresalientes -esto quiere decir que no era un No Name en el Reino de Dios-, este personaje era el más bello de los ángeles que Dios había creado y el más inteligente. Cómo si no fuera poco, compartía con Dios y con el resto de los ángeles el don de juzgar, el cual el ser humano no tenía, le estaba prohibido explícitamente por el Creador. Lucifer no acepta que los ángeles, o sea: las Funciones Psicológicas Superiores -inteligencia, cálculo matemático, analisis lógico-racional, bla… bla… bla…, y todo eso-, no puedan crear.

¡Momento! ¿No te lo dije? Bueno, entonces te cuento que los ángeles son un símbolo de funciones psicológicas inconscientes -¡por eso son invisibles!- del ser humano.

Estoy divagando demasiado. Lo que sucede es que me llegan críticas de todas partes, quiero responder y no acepto que no puedo todo 😦

La cuestión, decía, se traza en este plano: Lucifer rechaza la posibilidad del Yo (= humano) de crear y lo ataca ofreciéndole la posibilidad de juzgar el bien y el mal, distinguir al justo del pescador, el salvo del condenado. Las implicancias de esto son mucho más grandes de lo que puedas imaginar, todo nuestro orden social está asentado sobre este error, el de desplazar a la creatividad por el juicio.

Estoy agotado… Necesito un vaso con agua.

Antes que me grites te lo confieso:

– Sí, soy anarquista, no creo en el Estado.

¿Sabías que el anarquismo surgió de comunidades cristianas y de piratas? Lo dejamos para otro ensayo.

El gran Creador

Esta tesis de la artista Julia Cameron pone en evidencia lo que estaba delante de nuestros ojos; si Dios es el que creó todo, entonces…

¡El tipo se dedica al arte!

Desde el punto de vista psicológico, esto significa que la función paterna (=Dios) que resulta eje central de la psiquis humana tiene los recursos propios para solucionar las situaciones problemáticas que encuentre a través de la creatividad; nunca -¡jamás!- a través del juicio de valor. La herramienta natural de resolución de problemas para el ser humano es su destreza creativa, no la acumulación científica del conocimiento.

¡Basta! ¡No voy a responder a esa pregunta! Ya dije que Lucifer (= inteligencia y belleza… ¡Oh! Instagram… ¿quién es el joven más bello de toda la comarca?) también es creación de Dios y el árbol del conocimiento (= ciencia) el mismo Dios lo puso en el medio del Edén; con lo que queda claro que la ciencia es valorada por Dios, sólo que no tiene autonomía suficiente para dominar a la creatividad. De aquí el símbolo de Lucifer que intenta suplir el lugar de Dios y ser él “quién mande en este mundo”.

– No no no, estoy cansado, no voy a hablar de Einstein y la bomba atómica. Me voy a dormir.

Apocalipsis Latinoamérica

Brasil, Bolivia, Chile… parece que Sudamericana arde en llamas hacia fines de 2019. ¿Es una cuestión política?, ¿una crisis económica global?, ¿¡un problema religioso e idiosincrático que divide al continente!?

Durante muchas décadas Latinoamérica parecía oscilar desde la derecha hacia la izquierda y desde la izquierda hacia la derecha en un péndulo político que recursivamente rebalanceaba sus fuerzas; sin embargo, hoy algo ha cambiado: la población colectiva de nuestros países no parece estar claramente alineada de un lado ni del otro, quizás ha cambiado el centro gravitacional americano (¡porque nosotros también somos americanos!) de “derecha – izquierda” hacia “arriba – abajo”, ya que últimamente hemos visto que “los que están “arriba” pueden ser de un lado o del otro. La cuestión política determinante ha quedado delineada con lamentable claridad: se trata de estar “arriba”, y si querés estar arriba… ¡necesitás poder!

De esta manera, podemos situar las nuevas coordenadas de la tensión social local:

Latitud: arriba; longitud: poder.

El elemento organizador

Si alguien predica una respuesta para este problema… no te quepa la menor duda: ¡te está mintiendo!

Esto es así porque Latinoamérica no tiene un eje organizador en este momento y el “sincericidio” colectivo lo pone de manifiesto. En esta parte del continente la novedad no es la tiranía ni la injusticia, puesto que ya conocemos esto hace 500 años, el factor inédito es el caos como forma (forma, no factor determinante) de expresión, de manifestación.

Verde fuego

Somos una raza sin padre. ¡Sí! Los latinos no somos aborígenes y no somos europeos. Y no esperamos un superhéroe foráneo que venga a protegernos. Esto es lo que somos: autodestrucción, y la incineración del Amazonas fue un “mensaje” del Espíritu de la Profundidad.

Quisiera hablar del aspecto central -las formas-, pero no sin antes dedicar unas palabras al anhelado primer mundo:

Espero que el enriquecimiento de uranio les sirva para producir oxígeno.

Rojo calmo

Latinoamérica presenta vómitos espasmódicos de ideologías europeas y extranjeras recalentadas en el microondas. Nuestro continente es verde y la naturaleza vuelve a vivir después del incendio que arrasa la superestructura ideológica (un “hueso” para los marxistas) porque las semillas son protegidas bajo tierra (otro para los católicos).

La presente externalización es un ascenso de la falta de Padre para la sociedad general y el rechazo de nuestros pretéritos adoptantes que un día nos dijeron que nos amarían como a sus hijos y hoy sabemos que nos abusaron.

Lo que sucede actualmente es que Latinoamérica ya no es un niño indefenso y vamos a encontrar, por nuestro camino, nuestros propios referentes. A todos los ideólogos del mundo les decimos desde nuestro abrazo fraterno:

¡Fuera de aquí!

Cuando nuestros hijos están distanciados

No es un tema sencillo de hablar, no es fácil decir ni expresar el dolor que siente un padre cuando sus hijos no le hablan, lo culpan, se encuentran distanciados de él y ya no le dicen “papá”.

¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué sucede?

Quizás podemos comenzar a comprender esto con un fenómeno de la naturaleza que nos puede ayudar a comprender la realidad de la paternidad en nuestro medio.

Algunas águilas, cuando realizan su nido colocan espinas en derredor que cubren con plumas cuando los pichones son pequeños; una vez estos crecen, los papás águilas van quitando las plumas forzando a los “grandulones” a abandonar el nido. Y si con esta estrategia no alcanza, los empujan directamente para que tomen vuelo.

Cuando los jóvenes crecen y se preparan para la vida adulta es normal que comiencen a percibir diferencias con sus papás -me refiero a los humanos- porque ello responde a una necesidad de separación de la naturaleza; los jóvenes lo interpretan como “papá es malo”, “papá no me compró el último iPhone”, pero el plan de la creación es otro: sólo están respondiendo a una necesidad biológica de distanciamiento para alcanzar la madurez. Por lo tanto, esta situación tiene un potencial revelador: ¡nuestros bebés de 20 o 30 años están preparados para madurar!

¿Y qué pasa con papá?

La separación también es para el padre y en nuestra especie éste tiene un trabajo que realizar destinado a reconfigurar el vínculo con sus hijos, pronto adultos. Ya no es más “papá”, el padre de la infancia, ideal, cargado de mitos y fantasías; se alumbra entonces la llegada del padre real.

Ante esta situación de separación, la interpretación que el padre realice es crucial y determina el curso futuro de los sucesos. Se abren tres escenarios posibles:

  • Reacción de enojo frente al hijo/a;
  • Reacción de tristeza y culpa;
  • Acción de reestructuración de la figura paterna.

La primera y la segunda pueden ser un trágico error, resintiendo de modo duradero el vínculo, ¿pero en qué puede consistir la “reestructuración de la figura paterna”? No se trata del vínculo con el hijo, es el mismo padre el que debe realizar un proceso de transformación difícil para poder evolucionar desde esta situación. Para intentar aclarar esto, quisiera mencionar un mito griego, la historia de Ulises, recitada por el poeta Homero en la Ilíada y la Odisea. Este mítico rey debe partir a la guerra de Troya contra su voluntad, es obligado, ya que en realidad él prefería quedarse junto a su esposa y su hijo, por lo que esta situación se convierte en una separación de su hijo Telémaco pero es esta condición la que lo lleva a realizar grandes proezas -como inventar el caballo de Troya- y convertirse en un héroe y un rey de tierra y mares.

La situación del padre distanciado de sus hijos tiene mucha similitud con las adversidades que con perspicacia debe sortear Ulises -rey fuerte que se caracteriza por resolver los problemas con ingenio y nunca por la fuerza. No obstante, esto implica un problema más serio de lo que a primera vista puede parecernos:

El padre en distancia con su/s hijo/s deberá desarrollar nuevas habilidades que lo hagan afirmarse fuertemente en la vida. No es tarea sencilla puesto que este papá posiblemente ya curse la mediana edad.

El mensaje de la vida para el padre es muy duro:

Sus hijos necesitan un padre nuevamente en acción y listo para demostrar su fortaleza; de otra manera, le resta el trágico final de ahogarse en la depresión, como sucedía con los marineros de aquella leyenda que caían al mar adormecidos por el canto de las sirenas.

La marca del padre

En nuestra civilización, los hombres de todas las épocas han planteado que la manera en la que el niño se vuelve “hombre” tiene la forma del rito de iniciación, en el cual el joven varón es sometido a una situación de máximo estrés y exigencia, ante lo que hacer emerger un fuerte instinto de supervivencia y allí recibe una marca sobre su cuerpo que los hombres adultos realizan sobre él de modo indeleble -puede tratarse de un tatuaje, la amputación de una parte del cuerpo, una herida que deja una cicatriz para siempre, introducción de substancias sobre la piel para modificar su aspecto, etc. Ésta es la marca de los hombres adultos sobre el niño devenido en hombre tras el proceso traumático de la iniciación.

La marca en la actualidad

No se trata de prácticas de otras épocas y lugares, en nuestras sociedades supuestamente civilizadas estos ritos de iniciación se encuentran solapados, ocultos detrás de otros comportamientos típicos que tienen la misma finalidad en cuanto a la iniciación del joven varón en el mundo de los hombres adultos.

¿Cuál es el fundamento de estas prácticas? El joven varón, a medida que crece y despliega su energía viril se vuelve inestable y destructivo sino es educado en el uso de su agresión. Lo cual, lamentablemente, es cierto.

Sin embargo, esto es lo que sucede en el cuerpo del varón; existe otra realidad para su alma y que es el tema en el que quiero hacer foco en este ensayo. El alma del joven, su Ánima en términos de la Psicología Junguiana, emerge con fuerza tras la pubertad y, tarde o temprano el joven que no pasa por el rito de iniciación se verá ante la situación del enamoramiento hacia una joven. El fin ha llegado: el joven ve emerger en él un sentimiento imposible de controlar y soportar si no tiene una figura paterna fuerte; la crisis del enamoramiento más fuerte se denomina “posesión del Ánima” y conduce al varón hacia la melancolía desde donde no hay medios para rescatarlo produciendo en algunos casos el suicidio; sin llegar a tal extremo, las madres de los jóvenes en estas situaciones son conscientes de la auto-destructividad que se genera en el varón inmaduro en el amor. En pocas palabras, los ritos de iniciación impiden esta situación.

El espíritu de este tiempo

La iniciación produce entonces una marca que no es meramente sobre el cuerpo sino que busca alcanzar el alma, busca matar el Ánima-sentimiento del niño apartándolo radicalmente del mundo materno y sólo permitiéndole la fraternidad entre hombres que le enseñarán a mudar su afecto infantil en agresividad masculina -muy útil para la guerra o el trabajo “de sol a sol”. Una finalidad muy valiosa para la productividad de los sistemas sociales. Este nuevo hombre podrá tener una esposa e hijos, podrá ser un excelente compañero de trabajo, vecino del barrio, pero no va a enamorarse.

No estoy buscando criticar esta situación, todo lo contrario. Si sos papá o mamá con un poco de experiencia sabés que esto es así y que no se puede evitar. Mi análisis apunta a mostrar que esto remite a la categoría junguiana de “espíritu de la época” (o “del tiempo”), que significa el modo de pensar de una época o de una condición humana, lo que los seres humanos hemos podido elaborar para nuestro desarrollo en la relación entre naturaleza y cultura.

Pero hay algo más detrás del muerte del ánima del varón; otro espíritu.

El Espíritu de la Profundidad

Hace ya varios años leí un libro que se titulaba “De amor herido”; un librito muy sencillo pero de los más satisfactorios que he leído. Como corresponde a un buen libro, lo regalé. En este texto, el autor mostraba una serie de personas de diferentes lugares que, en un momento de sus vidas, habían experimentado el encuentro con una situación que los dejó para siempre “marcados” por una sensibilidad que jamás pudieron borrar, una especie de herida de amor que los cambió para siempre en cuanto al sentimiento consigo mismos y a la relación con las otras personas, por lo general por una especie de acto de empatía que rompía todos los preconceptos y racionalizaciones de la persona. Todos estos casos tenían un patrón en común, una especie de “hilo misterioso del destino” los unía.

Esta experiencia, de todas las épocas, tiempos y lugares, no es creada por la cultura como en el caso de los ritos de iniciación; esta experiencia proviene de la estructura neuropsicológica de la empatía y surge desde otro plano de la realidad: el Espíritu de la Profundidad que es una especie de reserva de patrones -arquetipos- que se encuentran en el Inconsciente de la humanidad. Este arquetipo del “amor herido” que brota desde las profundidades del psiquis humana vuelve a atraer hacia la consciencia el ánima sacrificada del hombre y lo fractura, lo quiebra, rompe la imposición que el patriarcado precedente -y repito: necesario– había hecho sobre el Yo del hombre. Ésta es una experiencia de integración psicológica (integración en el sentido de conocer lo que existe “dentro” de la mente humana) que restituye el daño que la cultura había realizado. El hombre que posee esta experiencia no es nunca más el mismo.

A diferencia de los ritos de iniciación, no es posible producir voluntariamente el encuentro con el Ánima; sucede o no sucede, al menos hasta donde llega mi conocimiento.

Ambas instancias, la de la marca que subyuga al Ánima y la de la herida de amor que la restaura completamente son procesos necesarios en el desarrollo psíquico del varón. Sin la vivencia de ambos el hombre está incompleto y perdido de sí mismo, su Yo vaga como un zombi en búsqueda de su alma muerta.

El nuestro, el del siglo XXI, es un momento crucial para comprender la psicología del varón en tanto es el eje central del desarrollo sano de los niños; nuestro continente y nuestro mundo padece líderes inmaduros que atraviesan la vida matando el ánima de otros seres humanos debido a su propia inmadurez, lo padecimos muchas veces en Argentina, yo mismo vi los soldaditos de 17 y 18 años marchar por la avenida de mi ciudad hacia la guerra de Malvinas, por las decisiones de viejos decrépitos y violentos que necesitaban demostrar poder en compensación de sus penes impotentes.

La marca del padre no se puede evitar, pero el joven varón debe ser reconducido hacia una experiencia mayor, la de la sensibilidad por el sufrimiento y el dolor de los niños, sea cuál sea la forma que éste revista; sea cual sea su propia manera de amar.

man holding a child