Adán y su mundo destrozado

Adán llegó a su casa, después de una agotadora jornada laboral, la misma rutina, cada día, todos los días. Eva no estaba en casa, seguramente se habría quedado hasta tarde en la oficina, o quizás realizando alguna tarea pendiente en el centro de la ciudad.

Como era de costumbre, se quitó la vestimenta de su oficio, puso la ropa en el lavarropas y buscó el mate para merendar; esta vez solo, su esposa no estaba, de hecho, esta situación se había tornado más frecuente últimamente. Adán miró la mesa limpia de la cocina, los muebles y tomó el control remoto para prender el televisor. Sí, aquella era una linda casa, un hermoso hogar. En un suspiro de melancolía recordó con alegría el tiempo en que lucharon, como se dice, “codo a codo” con Eva para alcanzar todo lo que tienen.

El auto de Eva estaba en la cochera de la casa, en un descanso extendido desde el día anterior. Todo era hermoso y perfecto, excepto por una extraña sensación de soledad que no podía explicar a qué respondía.

Al fin Eva llegó; fue el momento en que Adán emergió desde su sueño a la realidad. Hacía tiempo que algo había cambiado. Ella es ahora una mujer firme y determinante, una mujer con poder. En su trabajo ya no la llaman Eva sino por su primer nombre, que jamás había usado.

Desde aquel día, el día en que ella le había sido infiel, Adán sintió su mundo caer en pedazos, desmoronarse totalmente, ni siquiera el sentimiento por sus hijos sobrevivió a aquel devastador ataque de la melancolía. De la tristeza, independiente de Eva.

¿Cuál sería el destino de Adán?, de Adán con su mundo destrozado.

La vida simplemente continuó y él cedió en su corazón, aceptó el nuevo “estilo de vida” de Eva, con el conocimiento del bien y del mal, dónde cada día, con el sudor de su frente Adán debía recoger el pan de ánimo suficiente para poder existir. Quizás aquel paraíso inicial fue sólo una ilusión infantil, ahora es un hombre maduro, con experiencia, sin la ilusión del ideal.

No hubo opción, no cabía otra posibilidad; necesariamente él debió aceptar la condena a la que su mujer la sometió. No por ella, ni por él, ni por los hijos de ambos, quizás sólo por sentarse en soledad con el mate, al volver del trabajo, frente al televisor, en el ensueño de sus recuerdos.

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Nota: el primer nombre de Eva era Lilith.

Jesucristo le baja el pulgar a los hombres

El fin del machismo

El rebrote de feminismo contemporáneo ha hecho un agudo análisis de los problemas que causa el hombre en la sociedad, sin embargo, aunque ha realizado un preciso diagnóstico, pienso que no se ha animado a plantear la situación hasta sus últimas consecuencias.

El problema central es que el género masculino es el que provoca las guerras, es el responsable de la competitividad capitalista y su consecuente exclusión del que posee menos recursos, es también él la causa de los mayores índices de violencia. Y esto no es todo. Son las mujeres las que paulatinamente se responsabilizan exclusivamente del cuidado de los niños y de los adultos mayores, como lo podemos ver en los sectores más carenciados de nuestros países donde se concentra la mayor cantidad de habitantes.

Las mujeres de Jesús

De lo poco que conocemos de la vida pública de Jesucristo, se destaca su encuentro con una mujer con múltiples divorcios, otra prostituta, una infiel, entre otras que se hallaban bien adaptadas a la sociedad de su época. Lo más llamativo es su cercanía con la mujer en general en un contexto machista y patriarcal como lo era el judaísmo de su tiempo. Tanto es así que una antropóloga feminista como Riane Eisler (El cáliz y la espada) destaca el lugar privilegiado otorgado a María Magdalena. Pero existe algo aún más llamativo…

En el momento de ser crucificado Jesucristo, lo acompañan tres mujeres y un sólo hombre. El hombre es el más joven de sus seguidores, llamado Juan. Las mujeres emergen cuando los hombres huyen masivamente ante el temor, y éstas constituyen tres estereotipos de mujer:

  • María su madre -maternidad.
  • María, mujer de Cleofás -esposa.
  • María Magdalena -asociada a la sexualidad libre, por haber sido una prostituta.

Lo más interesante es que en el relato evangélico, la resurrección se produce en primer lugar ante María Magdalena, aquella que representa al arquetipo de la mujer sexual, y no ante un hombre.

No es hoy, en los comienzos del Siglo XXI, sino hace ya más de 2000 años que Jesucristo parece haber puesto su pulgar hacia abajo, como aquellos emperadores ante la arena romana, frente al hombre-gladiador derrotado, caído por sus propias aberraciones. Aún cuando las tradiciones religiosas posteriores reafirmaron el patriarcado, el destino ya fue juzgado en aquel momento.

Y podemos ir aún más lejos en el análisis.

El destino del hombre

Desde mi punto de vista, el feminismo plantea la exclusión del hombre (una utopía) y no ha tenido el valor de formular el problema relevante y crítico: la mujer debe liderar al hombre; tarea mucho más difícil de lograr para una mujer castrada durante miles de años por el machismo. Todavía hay algo peor: el “arma” que señalo Jesús tiene relación con el carácter de aquella peligrosa María Magdalena.

No obstante, hay lugar para el hombre, pareciera que la crucifixión realiza un patrón de la proporción de liderazgo social: tres mujeres cada un hombre. El único hombre que sobrevivió al pánico (de ver a su amigo desfigurado por la violencia imperialista) no fue cualquier hombre, sino uno asociado al Ánima -arquetipo de los rasgos femeninos en el varón-, puesto que era el más jóven, fue el más místico de todos aquellos seguidores y… ¡el único de los 12 apóstoles que no sufrió una muerte violenta!

Sintéticamente: sólo un varón místico permanece en el liderazgo; el resto deben ser soldados comandados por una mujer.

Un extraño comentario

Una comitiva económica argentina, compuesta por tres hombres, se dirigió recientemente a una entrevista con la presidenta del FMI. La primera expresión de Lagarde fue:

“¿Soy la única mujer?”

Just Dad!

Mientras tomo café en la caja de cristal del minimarket de la estación de servicio, tres niños ingresan para vender bolsas de residuos. Minutos más tarde, dos jóvenes encienden cigarrillos a un par de metros del surtidor de combustible, mientras suben a sus motocicletas. Unos y otros tienen un Mínimo Común Denominador: no hay papá tras ellos.

Si papá estuviese, estos niños no necesitarían trabajar en su lugar; si papá estuviese, estos jóvenes no necesitarían experimentar el riesgo del límite. Sólo papá, último trasfondo de nuestra ciega e inestable Latinoamérica.

Hace aproximadamente 20 años trabajaba en un barrio periférico una vez a la semana; podía ver la misma realidad uno y otro día: no había hombres, sólo jóvenes, luego de los 40 años estaban todos presos o muertos. Alguno que otro trabajaba en la construcción y, al volver a su casa, debía prácticamente atrincherarse allí.

Esto no ocurre solamente en barrios periféricos, también en los sectores más adinerados de la sociedad los padres se esconden tras la obsesión al trabajo, el consumo de sustancias o alguna otra manera de desaparición de sí mismos. Pero existe una alienación -como un encierro en un cofre- aún mayor y, quizás, más grave.

Sin enfoque

Me sorprendí en el momento en el que un hombre conocido de aproximadamente 45 años me expresó que no sabía qué quería hacer en su vida -no me refiero a un paciente con una problemática específica. Con su trabajo, su familia, sus valores muy sólidos en apariencia, éste hombre no tenía la hoja de ruta para llegar a destino. Una situación generalizada en gran medida en los sectores medios de la sociedad dónde, por muchos años han sido las instrucciones externas las que le dieron sentido y orientación a la vida de los hombres.

Una sola cosa

Los hombres necesitamos trabajo interior, desarrollo de nuestra “realidad psíquica”, puesto que en ella alcanzamos el enfoque en la única cosa que nos hace sentir realizados. Sólo una cosa, toda nuestra vida para descubrirla, y sólo papá puede enseñarnos esto.

Sólo papá

Me refiero con esta expresión a la “función paterna” y no a los papás “de carne y hueso”, los cuáles pueden no estar.

Miro nuevamente, esta vez dentro de la burbuja de cristal, aquí observo muchos hombres tomando café, soy uno de ellos, una potencialidad disponible para enfocar a las nuevas generaciones una vez hayamos logrado nuestro propio enfoque.

Cuidar de los niños… ¿acaso hay otra cosa para hacer en este mundo?

Un cambio de paradigma sexual

Sacrificio de Dama

Cuando estaba en la escuela secundaria jugué algunos años al ajedrez competitivo, me sorprendí al descubrir que dos Alfiles y un Caballo, por lo general, valen más que una Dama, y que en muchas ocasiones era posible perder la Dama, esta pieza tan valiosa por su versatilidad -es la que mayor variabilidad de movimientos posee en este juego- a cambio de otras piezas que obtuvieran mayor capacidad de acción durante un período de tiempo; pero para ello, el ajedrecista debía ser un maestro en los llamados “equilibrios dinámicos“, que se oponen a los equilibrios posicionales. Por alguna extraña razón, siempre me conduje mejor en las situaciones de inestabilidad de fuerzas que en contextos conservadores.

Cuando un hombre se divorcia o se separa, por lo general comete el error de buscar rápidamente otra mujer con la que sustituir a la madre de sus hijos o restituir el esquema familiar perdido, y esto, suele ser un error.

Podemos pensar la realidad de un padre separado como una realidad dividida, fragmentada, producto de una pérdida; o podemos pensar en una distribución inestable de fuerzas, como una vivencia que requiere de un equilibrio dinámico y que puede tener todo un potencial oculto que es posible descubrir y aprovechar.

La “Dama” a la que me refiero, aquella que muchas veces un hombre necesita sacrificar, es un ideal de mujer o de relación con ella; este sacrificio permite que nuestros peoncitos -nuestros hijos- lleguen a destino y, como en el ajedrez, su transformación y realización personal nos devuelva otro tipo de mujer, que aprendamos por ellos otra modalidad de relación -en ajedrez, cuando un peón llega a la última fila, puede transformarse en cualquier otra pieza, por lo general, una Dama, y este movimiento se denomina “coronación”.

Nuevas realidades

Los hombres hemos cometido un error, producto de nuestra muy valorada “educación”: hemos puesto a la mujer en un corset que la deja sin aire a ella y a nosotros sin su libertad.

Si el hombre logra este sacrificio del “ideal”, puede abrir paso a una experiencia subjetiva que, primeramente, emerge desde su propia Ánima: la de comenzar a percibir a las mujeres desde distintos planos dinámicos, más allá de la mujer-pareja (o, a lo sumo, mujer-amiga). Pareciera que para la mayoría de los hombres de nuestra cultura la mujer sólo puede encarnar dos arquetipos: el de la mujer-madre (de sus hijos o ¡de él mismo!) y la mujer-objeto (con la que sólo obtener una descarga sexual). Pero existen otras realidades femeninas u otros arquetipos que el hombre puede experimentar.

Padre y rey

Pienso en el rey David y dos de sus esposas: Michal -hija del anterior rey Saúl- y Betsabé -mujer que David robó a uno de sus soldados-; la primera representa el ideal formal, producto de la nobleza en la que se insertaba su vida; la segunda, es la mujer-amante que lo seduce con su belleza y por quién él muchas veces pierde su eje ante la pasión. ¿Por qué quiero que reflexionemos sobre esto? Porque la función paterna del hombre separado evoluciona naturalmente hacia una jerarquía asimétrica con sus hijitos y con las mujeres, del estilo del macho Alfa en los animales, y el arquetipo ancestral de los reyes lo encarna adecuadamente.

Un rey

Los hombres jóvenes separados, muchas veces creerán erróneamente que se trata de sexo liberal, sin embargo, si se observa a las esposas del rey David (este personaje de hace 3000 años se transformó en un Arquetipo de la historia, ello se debe a que condensa sentido, tanto para un religioso como para un ateo; él es parte configurante de nuestro Inconsciente Colectivo), todas ellas encarnan un patrón diferente de mujer, cada una de ellas muestra una realidad femenina diferente que el gran rey logra percibir y experimentar de la mujer, más allá del sexo.

Alguna mujer será su musa inspiradora (como aquella que inspiraba a Beethoven a componer), otra será aquella que, por su sabiduría, pueda escucharlo antes de la batalla; y así…

Este hombre que estamos analizando, aquel que está solo con sus hijos, tiene un gran trabajo que realizar con las mujeres, similar al de un arqueólogo que escaba un terreno en busca de restos del pasado que ayudan a comprender mejor el presente, y este trabajo es absolutamente necesario. ¿Por qué?

La visión de un águila

El hombre con sus hijos ha roto el modelo, el esquema cultural de la familia, ya no posee la contención social que le ha ofrecido la educación, por lo tanto su psiquis va a regresionar necesariamente a mecanismos de funcionamiento más primitivos y, en ellos, puede perder el control o reconectar con aspectos de su psiquis que todos los humanos tenemos y que es nuestro Inconsciente Colectivo; allí existe un potencial dormido a disposición de quién pueda activarlo y, para ello, este hombre tiene una condición de privilegio. El hombre solo con hijos puede acceder al Arquetipo del Ánima por el liderazgo y la visión, como un águila que desde las alturas observa dónde está el alimento que necesita y al mismo tiempo “surfea” los aires lejos de todo peligro, nada más seguro para ella que estás alturas. El águila es el símbolo natural del Ánima del hombre.

El tema es profundo y, por el momento, lo dejo inconcluso; en otros posteos voy a dar unos ejemplos del poder reservado del Ánima y cómo una experiencia activa este potencial dormido en el hombre pero siempre listo a emerger cuando se dan las condiciones que lo requieren.