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Desde la soledad vacía hacia la compañía saturada

Los hombres y las mujeres nos encontramos, nos relacionamos, pero algo extraño nos sucede: cuando estamos solos, empezamos a crecer personalmente hasta que llega un momento, tarde o temprano, en el que nos aproximamos al vacío existencial; entonces entramos en relaciones que nos gustan, que nos hacen crecer en pareja y amistad pero… tarde o temprano también, nos sentimos saturados.

Vivimos y padecemos sobre este péndulo que oscila desde la soledad vacía hacia la compañía saturada. ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Cuál es el problema relevante y crítico?

El problema tiene un trasfondo complejo que, para comprenderse necesita ser analizado en sus múltiples determinantes: la soledad, los resultados que buscamos en las relaciones, la sexualidad y la comunicación. Todo ello es parte de la situación, pero…

El problema relevante y crítico puede estar en otro lado. Permitime ensayar una idea.
El libro que te presenté sobre nuevos modelos de paternidad (Aquí hay papá!), se inició con una observación sorprendida que obtuve de mis pacientes -mis grandes maestros-, en quienes ví el comportamiento extraño para mí, de vínculos padre-hijo/a que se volvían más fuertes tras un divorcio o separación. Allí tomé consciencia del peso negativo y destructivo que llega a tener el “ideal” en la vida de muchas personas y me animé a explorar una nueva realidad, muchas veces criticado por sólo planteármelo en ciertos ambientes conservadores.

Quiero proponerte hoy una “hipótesis de trabajo”, una idea para que reflexiones y saques tus propias conclusiones. Propongámosla así:

“Lo que obstruye las relaciones es el ideal.”

¿Por qué te planteo esto? Tiene que ver con el sentido y la empatía. Permitime que te comente.


A quiénes las circunstancias de la vida les han hecho añicos los ideales, se les presentan dos opciones: pueden intentar forzar lo que queda de su ego para que se amolde al ideal o, asumir las limitaciones y trabajar desde allí. El problema es que el ideal, tarde o temprano, siempre se derrumba como la torre de Babel; pero cuando aceptamos la pérdida del ideal, una nueva realidad se abre ante nosotros.

Decisión difícil la de soportar la vida fuera del ideal, sobretodo cuando el entorno juzgará contra nuestra posición. ¿Pero qué quiero decir con “estar por fuera del ideal”?
El ideal es por excelencia, el ideal que nos han educado como criterio de valor, por lo tanto, es la medida del otro, un Otro muy grande para nosotros, un ¡super Otro! Muchas veces seguimos bajo su mirada aún cuando ya hemos comprendido que no podemos satisfacerlo.

El ideal es, por lo tanto, un modo de la atribución externa.

Lo contrapuesto de ello, la búsqueda de una manera satisfactoria de relacionarnos con nuestra situación será realizando nuestras propias experiencias, que tienen muchos años de evolución codificada en nuestro ADN. Nuestra intuición es, en ocasiones, una emergencia de dicha información, y ella está lista allí para llevarnos al descubrimiento de nuevas realidades en las que podamos colocar nuestro talento y creatividad, ya que éstos encuentran terreno fértil para brotar cuando se nos presentan problemas nuevos. De esta manera, a pesar de nuestro ideal herido y casi sin darnos cuenta, ¡logramos superar la saturación!

El talento y la creatividad nos permiten, entonces, superar la saturación de una vida mecánica cuando pasamos por nuestras limitaciones. Pero nos queda aún un enemigo a vencer: la soledad vacía, que como agujero negro del alma se traga todo nuestro impulso vital como mujeres y hombres que somos. ¿Qué hacer con ello?

Si estás fuera del ideal me vas a comprender rápidamente, pero si aún crees en él, tal vez nuestros caminos se separen en este punto. Igualmente, te traigo alivio e ideas que calman. Dame una oportunidad, ¿te parece?

Observa detenidamente este fenómeno, el de la soledad vacía; ¿por qué se vuelve desesperante para muchas personas?

El vacío que produce la soledad tiene un trasfondo oscuro que se enraíza en un sentimiento que, si lo rastreamos, suele ser un oculto sentimiento de culpa. Todas las religiones han sacado provecho de esto, conociendo que quien calme esta culpa puede “prometer el cielo”, no obstante, éste no es un sentimiento creado por las religiones sino que ya estaba allí y tiene una función que cumplir.
En la lógica de algunas religiones, el hombre es culpable (con lo que se halla enfoque al malestar) y, tras un acto de expiación, recupera la “comunión” con Dios y la comunidad. Es una lógica peligrosa, puesto que pone en tela de juicio la pertenencia-exclusión de una persona, comportamiento que pertenece al poder.

La culpa es un sentimiento, que en nuestra cultura siempre se halla desenfocado de su causa real, puesto que la educación lo ha distorsionado. La culpa remite a un principio de salud del ser humano que tiene que ver con la amenaza de muerte o extinción, es un mecanismo de defensa innato para que los humanos, con muchos millones de años de evolución, no nos apartemos de nuestras comunidades de referencia puesto que ello representa un peligro para el individuo, lo que no significa que instituciones de poder deban aprovechar esta cualidad psicológica.

Si proseguimos esta línea de razonamiento, es sencillo tomar consciencia de que esta mezcla de vacío con culpa remite a la desconexión afectiva de un individuo con otras personas, con su entorno. Por lo tanto, el vacío y la culpa son sentimientos que tienen la función psicológica de señalar un déficit de la empatía, allí está su orígen y su diagnóstico real. Ante esto, se abren dos opciones: la del ideal formal (que tiene que ver con el uso del poder) y la de buscar restituir el vínculo empático, esta vez por fuera del ideal.

¡Una gran oportunidad!

Nuestra vida es multiplicidad de opciones una vez asumimos nuestras limitaciones, porque por ellas podemos construir nuevas realidades, nuevos tipos de vínculos -que ya no son parte de la configuración del ideal-, hombres y mujeres podemos establecer nuevos vínculos más allá de los conocidos que nos resulten gratificantes y muy interesantes de descubrir. Sucede que nuestra limitada educación sólo nos dice que la relación con el otro género debe desembarcar necesariamente en el sexo, y es nuestra poca consciencia al respecto la responsable de ello en gran medida.

El hombre para la mujer, la mujer para el hombre, puede ser fuente de amistad, de inspiración, de conocimiento, en última instancia, la apertura a un modo de percepción diferente. Resulta difícil, casi imposible de realizar, pero ello sólo se debe a que nuestra sexualidad afectiva ha sido mal educada, cuando no, no educada.
Tenemos mucho camino por recorrer en este plano, un gran camino y una gran oportunidad para conocer, y conocerse.

Sacrificio de Dama

Cuando estaba en la escuela secundaria jugué algunos años al ajedrez competitivo, me sorprendí al descubrir que dos Alfiles y un Caballo, por lo general, valen más que una Dama, y que en muchas ocasiones era posible perder la Dama, esta pieza tan valiosa por su versatilidad -es la que mayor variabilidad de movimientos posee en este juego- a cambio de otras piezas que obtuvieran mayor capacidad de acción durante un período de tiempo; pero para ello, el ajedrecista debía ser un maestro en los llamados “equilibrios dinámicos“, que se oponen a los equilibrios posicionales. Por alguna extraña razón, siempre me conduje mejor en las situaciones de inestabilidad de fuerzas que en contextos conservadores.

Cuando un hombre se divorcia o se separa, por lo general comete el error de buscar rápidamente otra mujer con la que sustituir a la madre de sus hijos o restituir el esquema familiar perdido, y esto, suele ser un error.

Podemos pensar la realidad de un padre separado como una realidad dividida, fragmentada, producto de una pérdida; o podemos pensar en una distribución inestable de fuerzas, como una vivencia que requiere de un equilibrio dinámico y que puede tener todo un potencial oculto que es posible descubrir y aprovechar.

La “Dama” a la que me refiero, aquella que muchas veces un hombre necesita sacrificar, es un ideal de mujer o de relación con ella; este sacrificio permite que nuestros peoncitos -nuestros hijos- lleguen a destino y, como en el ajedrez, su transformación y realización personal nos devuelva otro tipo de mujer, que aprendamos por ellos otra modalidad de relación -en ajedrez, cuando un peón llega a la última fila, puede transformarse en cualquier otra pieza, por lo general, una Dama, y este movimiento se denomina “coronación”.

Nuevas realidades

Los hombres hemos cometido un error, producto de nuestra muy valorada “educación”: hemos puesto a la mujer en un corset que la deja sin aire a ella y a nosotros sin su libertad.

Si el hombre logra este sacrificio del “ideal”, puede abrir paso a una experiencia subjetiva que, primeramente, emerge desde su propia Ánima: la de comenzar a percibir a las mujeres desde distintos planos dinámicos, más allá de la mujer-pareja (o, a lo sumo, mujer-amiga). Pareciera que para la mayoría de los hombres de nuestra cultura la mujer sólo puede encarnar dos arquetipos: el de la mujer-madre (de sus hijos o ¡de él mismo!) y la mujer-objeto (con la que sólo obtener una descarga sexual). Pero existen otras realidades femeninas u otros arquetipos que el hombre puede experimentar.

Padre y rey

Pienso en el rey David y dos de sus esposas: Michal -hija del anterior rey Saúl- y Betsabé -mujer que David robó a uno de sus soldados-; la primera representa el ideal formal, producto de la nobleza en la que se insertaba su vida; la segunda, es la mujer-amante que lo seduce con su belleza y por quién él muchas veces pierde su eje ante la pasión. ¿Por qué quiero que reflexionemos sobre esto? Porque la función paterna del hombre separado evoluciona naturalmente hacia una jerarquía asimétrica con sus hijitos y con las mujeres, del estilo del macho Alfa en los animales, y el arquetipo ancestral de los reyes lo encarna adecuadamente.

Un rey

Los hombres jóvenes separados, muchas veces creerán erróneamente que se trata de sexo liberal, sin embargo, si se observa a las esposas del rey David (este personaje de hace 3000 años se transformó en un Arquetipo de la historia, ello se debe a que condensa sentido, tanto para un religioso como para un ateo; él es parte configurante de nuestro Inconsciente Colectivo), todas ellas encarnan un patrón diferente de mujer, cada una de ellas muestra una realidad femenina diferente que el gran rey logra percibir y experimentar de la mujer, más allá del sexo.

Alguna mujer será su musa inspiradora (como aquella que inspiraba a Beethoven a componer), otra será aquella que, por su sabiduría, pueda escucharlo antes de la batalla; y así…

Este hombre que estamos analizando, aquel que está solo con sus hijos, tiene un gran trabajo que realizar con las mujeres, similar al de un arqueólogo que escaba un terreno en busca de restos del pasado que ayudan a comprender mejor el presente, y este trabajo es absolutamente necesario. ¿Por qué?

La visión de un águila

El hombre con sus hijos ha roto el modelo, el esquema cultural de la familia, ya no posee la contención social que le ha ofrecido la educación, por lo tanto su psiquis va a regresionar necesariamente a mecanismos de funcionamiento más primitivos y, en ellos, puede perder el control o reconectar con aspectos de su psiquis que todos los humanos tenemos y que es nuestro Inconsciente Colectivo; allí existe un potencial dormido a disposición de quién pueda activarlo y, para ello, este hombre tiene una condición de privilegio. El hombre solo con hijos puede acceder al Arquetipo del Ánima por el liderazgo y la visión, como un águila que desde las alturas observa dónde está el alimento que necesita y al mismo tiempo “surfea” los aires lejos de todo peligro, nada más seguro para ella que estás alturas. El águila es el símbolo natural del Ánima del hombre.

El tema es profundo y, por el momento, lo dejo inconcluso; en otros posteos voy a dar unos ejemplos del poder reservado del Ánima y cómo una experiencia activa este potencial dormido en el hombre pero siempre listo a emerger cuando se dan las condiciones que lo requieren.