“¿Quién me llama?”

Publicado: 2 octubre 2017 en paternidad

-“¡Alicia!”

Alicia se detuvo y giró hacia sus espaldas, pero no había nadie allí. Pensó: “¡Una alucinación!”; sonrió recordando al psiquiatra que le había explicado que todos los seres humanos tienen esta percepción, que responde al mecanismo de la alucinación, aunque se produzca en personas sanas. Su vida cotidiana continuó.

Ensayo: La voz

El psiquiatra de Alicia ha dicho la verdad, todos alguna vez escuchamos que alguien nos llama y no hay nadie allí, lo escuchamos de modo claro, nuestro nombre perfectamente pronunciado por no sabemos quién. ¿Puede ser ésta la voz de Dios?

Cuando de niños nos contaban que Dios hablaba directamente con Adán y Eva, nos sorprendíamos y maravillabamos de aquella proximidad, y en la medida que crece en nosotros la racionalidad, reflexionamos sobre aquel tiempo como una experiencia mitológica. Pero, ¿y si no fuese así, si aquello fuera real?

La única realidad de esta voz que nos llama es que produce incertidumbre en nosotros, pareciera ser una voz sin sujeto que la enuncie, por lo tanto, su realidad queda abierta a la interpretación.  Este fenómeno llamó la atención de los hombres espirituales de hace más de 3000 años:

El Señor volvió a llamar: “¡Samuel!” Y Samuel se levantó, fue a Elí y dijo: “Aquí estoy, pues me llamaste”. Pero él respondió: “Yo no te he llamado, hijo mío, vuelve a acostarte.” (1 Samuel 3, 6).

Para el que fue posteriormente un profeta, ésta fue la voz de Dios que lo llamaba y sobre esa certeza se desarrolló su vocación y acción, y ellas quedaron grabadas en la historia colectiva. Se trató de la afirmación de una certeza. ¿Será posible pensar en una voz sobrenatural que tan claramente nos habla? Quizás sea muy difícil que un ser humano contemporáneo pueda creer en lo que está oyendo y busque una explicación pseudo-psicológica que le permita seguir durmiendo.

Al tercer llamado inexplicable, el profeta Samuel se detiene y realiza un cambio de escena que abre el sentido, en vez de cerrarlo: <<¡Habla, Señor!>>. Pocos pueden animarse a esta respuesta, la posibilidad de tener una certeza sobre nuestro destino es una misión sólo para mujeres y hombres de extremo valor.

Un recuerdo

Recuerdo el breve tiempo en que pertenecí a la iglesia católica, fue un momento único en mi ciudad porque coincidió con el ingreso de la Renovación Carismática (muy ligada al pentecostalismo evangélico) y con su posterior intervención y expulsión por parte del obispo local. Recuerdo la noche en que en una misa multitudinaria se levanta un hombre, muy mayor, y dice: “Hay dos jóvenes en el fondo de la iglesia que estuvieron orando por su abuelo recientemente fallecido, el Señor me dice que les diga que él lo tiene consigo.” Con mi hermano nos miramos y nos dijimos: “¡Somos nosotros!”.

El profeta Ezequiel vio como la Gloria de Dios se alejaba del templo de Jerusalén en el siglo VI aC.; te aseguro que percibí como el Espíritu se alejaba de los templos católicos cuando el obispo, primero intervenía, luego directamente expulsaba a aquellos denominados “curas sanadores”.

Hoy ya no veo ningún católico que se anime a decir: “Dios me habló, me dijo esto para vos”.

No quería publicar este ensayo, porque sé cual es la versión científica del tema. Pero mientras oraba escuché su voz, tan clara como siempre, que me decía que lo escriba para vos, pues Él quiere que te lo diga.

El monstruo de la laguna

Publicado: 25 septiembre 2017 en paternidad
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Alicia no puede dejar de llorar, dentro de ella habita un monstruo que desde las profundidades más oscuras de su alma la acosa con múltiples acusaciones a cada instante en que se activa su consciencia.

El monstruo que emerge en Alicia es la maléfica melancolía, le han dicho, un sol negro que cada día amanece con su despertar y que, a cada paso que da, va acariciando con su oscura tinta todo lo que toca en la vida de la joven; repite día a día este círculo dañino hasta llegar a su ocaso definitivo, el día en que logre acabar con su vida. Éste es el diagnóstico de Alicia, ella es melancólica y esto no tiene cura.

Lejos están los días en que Alicia niña jugaba con papá, en el patio de casa, cuando el sol parecía haber sido creado sólo para que los niños puedan divertirse. 

Papá ha fallecido, pero aún esto, no es real sino parte de la trampa de Alicia, trampa que el verdadero monstruo de Occidente ha creado para ella y para todos los niños.

El monstruo que habita en su inconsciente, familiar muy cercano de todos aquellos monstruos arquetípicos que las diferentes culturas han percibido en las oscuridades de los lagos, está allí para salvarla. Toda esa energía destructiva acumulada, sólo está allí para liberarla. El temor de Alicia es sólo el miedo de su limitada educación racional, que le hace ver un enemigo donde hay un defensor. Por ello, Alicia no tiene espejo; no puede verse a sí misma, no puede ver lo que está sucediendo puesto que nadie va a decírselo.

Mucha agresividad se gesta en esta joven mujer, agresividad que está allí para defender y proteger; defender y proteger aquello que su Yo de reina decida que debe ser resguardado. El monstruo no es una patología, sino la pervivencia en ella de la función paterna y cuando pueda mirarlo cara a cara como a su propia Sombra, ella va a lograr una conexión con su padre que jamás tuvo, teniendo la sensación inexplicable de que él vive en ella.

Eso está aquí para proteger, para cuidar, aún para consolar a otras personas que buscarán refugio bajo el ala poderosa de Alicia. Ella no lo sabe, pero ya está sucediendo. Eso vive en ella.

Ensayo: el monstruo de dos cabezas

América (porque nosotros también somos americanos) es atacada desde hace 500 años por una bestia de dos cabezas y qué sé yo cuantos cuernos. Por una parte, el eterno retorno del fallo de los padres -hombres- en asumir el liderazgo que nos corresponde y, por otra, la tristeza melancólica que como un manto de debilidad cubre a toda esta parte central y austral del continente. Algunos de nosotros, tomamos consciencia de esta situación y, emergentes del Espíritu de la Profundidad (Jung) de la humanidad accionamos en esta dirección.

Este monstruo de dos caras posee un reverso, en su dorso se encuentra otro monstruo, el monstruo de Occidente, una especie de “Sombra del Monstruo”, cuyas cabezas son la filosofía griega y el judeocristianismo.

Papá es una sensación

Publicado: 13 septiembre 2017 en Génesis, paternidad, sensación

¡Respira!

Cuando un bebé/a nace, lo primero que pronuncia es algo así como “Ahhhhh…”; es su primera bocanada de aire y una y otra vez la repetirá. Sus papás estarán mucho tiempo atentos a este “Ahhhhh” que es lo más importante que tiene que hacer este niño y su señal de que está vivo. Cada vez que su mamá se acerque a su cuna, irá en busca de este suspiro, tan esencial, tan vital. Si el niño/a se enferma, podrá estar sin comer algún tiempo, incluso sin beber agua, pero ni un instante la naturaleza le permite suspender la respiración.

Seguido de esta primera inspiración vendrá la primera exhalación de aire del bebé, que no pronuncia ninguna vocal, pero si debiéramos identificarla con alguna podríamos decir que es un “ehhhhh…”. El ciclo de la respiración se compondrá entonces de un recurrente “ahhhhh-ehhhhh”.

Respiramos cuando estamos despiertos, respiramos cuando estamos dormidos; lo hacemos de modo voluntario, pero también nuestro organismo sabe hacerlo sin que tomemos consciencia del proceso. Si uno observa las espiritualidades orientales, en muchas de ellas la respiración está asociada a la divinidad y el dominio de la respiración es un modo de acceso a lo trascendente. También es así en la espiritualidad cristiana, dónde se dice que Dios, al crear al ser humano, sopló sobre él su aliento de vida. El nombre de Dios, “Yahvéh”, bien podría ser una referencia a esta respiración “Ahhhhh-ehhhhh”, de modo que estaríamos pronunciando su nombre toda nuestra vida, en cada momento, en cada lugar, y el día que digamos “Yahvéh” por última vez, será el último instante de nuestra existencia como también la última palabra que digamos. Pero hay mucho más en esto.

¡Papá es una sensación!

Si nuestra experiencia de Dios está asociada a la respiración, entonces no es un concepto intelectual ni una teoría, sino una sensación; no se percibe con el intelecto sino… ¡con el cuerpo!

Genial descubrimiento de los místicos; el psicoanalista francés Jaques Lacan retomó aspectos de la mística cristiana para remitirse a esta relación con el cuerpo más allá de toda comprensión racional; también lo hizo el psiquiatra suizo Carl Jung (*).

Al relacionar estas ideas con la de Dios como “padre” (respiración-sensaciones-padre), tomo consciencia de que la función paterna tiene que ver con las experiencias corporales, que lógicamente tienen más relación con el dominio del mundo externo a través de la musculatura y la fuerza, mientras que el mundo interno -sentimientos y pensamientos-, parecerían mayormente ligados a las funciones femeninas.

Sé que muchos sociólogos dirán que se trata de diferencias culturales, pero por el momento prefiero que mi maestro sea este papá que veo en la playa jugando a la pelota con su hija.

Resulta determinante situar la función de los papás en nuestra sociedad, somos nosotros, los hombres, los que hemos dejado de enseñar a nuestros niños cómo afrontar el mundo que está allí afuera y del que hemos huído para refugiarnos en un vicio, un fanatismo deportivo o un escapismo religioso; somos nosotros los padres los que fallamos en nuestra sociedad, inclusive más allá de Latinoamérica.

Pero hay un motivo más por el cual escribo estas líneas. Las escribo para aquellos y aquellas que no tienen a su papá o que está muy lejos de ser un buen papá; escribo para decirles que lo busquen por sus acciones y su modo de afrontar el mundo, en sus comportamientos -y no en sus palabras- están las respuestas a la búsqueda del padre.

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(*) Para elaborar este breve ensayo me he valido de una charla del doctor en teología protestante Lucas Leys, de la obra de fray Juan de la Cruz, del Seminario XX de Jaques Lacan, como también de la obra de Carl G. Jung.

Quiero poder plantearte una clase de “metodología de afrontamiento” para situaciones adversas, desde las más complejas hasta las más sencillas, y no me refiero solamente a problemas existenciales, sino que se trata de algo práctico que podés intentar hasta con una gripe o una enfermedad orgánica.

¿Te acordás de Patch Adams? El hizo un descubrimiento digno de un premio Nobel; tomó consciencia de que la alegría mejoraba la acción del sistema inmunológico en los niños enfermos, aún en caso de enfermedades muy graves, y ello llegaba a producir curaciones milagrosas en muchos casos, pero aún cuando éste no fuese el caso, mejoraba notablemente la salud de los pequeños. Lo demostró y lo demostró, una y otra vez.

De este tema quiero que tengas presente unos minutos dos cosas: alegría y niños. ¿Oki?


Destrucción y restauración del Sí-mismo

El problema es el Ego. El Ego es la identidad social -imagen- que hemos creado de nosotros mismos y con la que nos comunicamos con la sociedad; sería algo así como nuestro perfil en las redes sociales, tiene las fotos en las que salimos “más lindos” y “más lindas”. El Ego se enorgullece de los “Me Gusta” y se agranda con ellos; detrás de él está nuestro Yo, quién verdaderamente somos.
Cuando sufrimos una crisis, nuestro Ego se resiente, un simple dolor de muelas nos quita todas las ganas de actualizar nuestra historia de Instagram. Sin embargo, a nuestro Yo no le pasa nada por ello, y esto nos da una oportunidad, más grande de lo que creemos.

Destrucción del Ego

Nuestro Yo -quien, y como,  verdaderamente somos- está ligado a toda nuestra historia, por ello, muy emparentado con nuestra niñez. Pero hay un problemita con el Yo: muchas cosas que somos o que hemos vivido no están buenas y preferiríamos ocultarlas, por ello hemos tenido que tomar una decisión “genial”: ¡crear nuestro perfil en Facebook! Pero, como la torre de Babel, este invento racional, se resiente y se derrumba con nuestras crisis. ¡Gracias a Dios!

El Ego es una trampa del poder que se produce por el fenómeno llamado “Atribución Externa” (AE) que significa que la valoración de una persona se da por las referencias externas al sí mismo. Pero esto es muy peligroso para la salud mental de un individuo porque genera dependencia de dicha atribución. Aunque padecemos mucho por esto, es bastante lógica su explicación.


Restauración del Yo

Cuando Zacarías, un líder religioso de los hebreos que regresan del destierro de Babilonia a Jerusalén, traza la visión para la reconstrucción de la nación, plantea dos temas centrales:

• la reconstrucción de la identidad no puede ser por la fuerza y;

• el enfoque de la visión del pequeño grupo debe estar en un solo factor, y este factor debe ser interno.

O sea: rechazo de la AE y afirmación de la Atribución interna (AI).


Revelación: de talentos del Sí mismo

¿Qué pasa cuando las redes sociales no funcionan? Imagínate ese Apocalipsis que sucedería si un día te quedás sin celular. Confieso que me ha pasado… es como perder toda tu vida, no te acordás ni el teléfono de tu casa.

Entonces… nos ponemos creativos. Éste es el punto crítico, la limitación del Ego nos hace resurgir la creatividad y la espontaneidad, como cuando éramos niños.


Potencial evolutivo: afirmación del carácter

El asunto es que si, como Patch Adams, podemos afirmar alegría en la limitación del Ego, lo que hacemos es abrirle paso a una conexión psíquica de nuestro Yo con aspectos de nuestra niñez, y allí algo mágico sucede.

Te invito a que hagas la experiencia, es increíble. Sé que no sabés como hacerla, pero quiero que lo intentes. No se trata de teorías o técnicas psicológicas de “super-universidades, inténtalo a tu manera, como te salga. Te dejo aquí una pequeña cita de un libro que relata que un hombre afirma alegría en medio de una desgracia, ya que tiene lepra y ha perdido todo. El libro es del año 1000 aC., o quizás más viejo aún.

Mas aún es mi consuelo, y me regocijo en el dolor sin tregua, que no he negado las palabras del Santo. Job 6.10

¡Levanta tus manos!

En las adicciones sucede que, tras un análisis en profundidad de las vidas de la persona en cuestión, nos encontramos con historias de profundo dolor. Ello nos conduce a comprender lo que se produce como reacción, o sea, el comportamiento adictivo. No obstante, allí existe un error de análisis muy peligroso.
Hacia fines del colegio secundario y unos años más tarde, jugué competitivamente al ajedrez. Allí descubrí algo fundamental para mi vida: el análisis del error en las decisiones que tomamos es más importante que cualquier conocimiento que se pueda obtener. Tomé consciencia de que el error es algo que sólo la mediocridad puede dejar pasar por alto, cuando lo que se pretende es un desempeño profesional, un error significa la pérdida de la partida. En un nivel competitivo, perder tan solo un peón es perder casi con seguridad la contienda.

Durante algún tiempo insistí a consultantes, y en capacitaciones a empresas, en lo esencial que era tener un cuaderno en el que poder registrar y analizar nuestro Sistema de Toma de Decisiones, para arribar a la triste conclusión de que es una práctica muy rechazada por nuestra latina cotidianidad. Recuerdo las palabras de Mijaíl Botvinnik -gran campeón mundial de ajedrez: “si no analizas tus partidas, no hay progreso posible”.

Lo que pretendo destacar con este ejemplo es que es esencial para la salud de una persona poner la atención en cómo se plantean los problemas y cómo se actúa. En las adicciones sucede un error frecuente de “diagnóstico”, que parece menor, sin embargo, de trágicas consecuencias. El error consiste en considerar que la adicción es consecuencia de la historia de vida de la persona que padece la adicción; este diagnóstico sepulta cualquier intento de recuperación.

El problema relevante y crítico de una persona que padece una adicción no es lo que consume o realiza de modo adictivo, sino el intento oculto de salvaguardar un aspecto, una parte de sí mismo que considera esencial para su existencia, esta parte se denomina “autocompasión”, y a ella responde su historia de vida como una especie de muralla del ego que cumple una finalidad muy importante, la de defender el ego sin permitir que la persona pueda sanarse.

Esto lo ha puesto perfectamente en evidencia Alcohólicos Anónimos (AA), y lo que está involucrado en este “cerramiento” que el adicto realiza sobre sí mismo es el no poder rendirse ante la situación, o sea: la aceptación de la adicción como una debilidad y el reconocimiento de que se necesita ayuda. Por este motivo, el error en el “diagnóstico” es trágico, puesto que impide la acción de cualquier tipo de ayuda. La autocompasión impide que ingrese la ayuda de terceros a la vida de esta persona porque está “justificado” su accionar.

Soy consciente de que estos comentarios pueden sonar un poco fuertes, pero sin reconocer la debilidad y que nuestro ego herido debe terminar de entregarse, es muy difícil empezar a sanarnos.

Un poquito más allá

Tras la aceptación de la limitación (y esto vale para todos, no sólo para las personas en situación de adicción), es posible pedir y aceptar una ayuda real. Para nuestra sorpresa, existen muchas personas dispuestas a ayudarnos y darnos una mano para salir adelante. Pero sucede algo más, sorprendente, casi milagroso: la resignación a la autocompasión nos permite una nueva emergencia de nuestro Yo que, tras reconocer la pretensión infantil de cerrarnos sobre muestro dolor, nos hace resurgir con nuevos mecanismos psicológicos de adaptación y fortalecimiento del carácter, aspecto que también puede verse en las personas pertenecientes a AA, quiénes insisten en que siempre serán alcohólicas, o sea: nunca ocultarán su error en su toma de decisiones pasadas.

¿Por qué?

Porque lo que enferma es el acto de poder del Ego, no una substancia, ni un virus, ni un acontecimiento. Si puedo, lo seguiré desarrollando en otros posteos…

¡Abre tus brazos!