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En las adicciones sucede que, tras un análisis en profundidad de las vidas de la persona en cuestión, nos encontramos con historias de profundo dolor. Ello nos conduce a comprender lo que se produce como reacción, o sea, el comportamiento adictivo. No obstante, allí existe un error de análisis muy peligroso.
Hacia fines del colegio secundario y unos años más tarde, jugué competitivamente al ajedrez. Allí descubrí algo fundamental para mi vida: el análisis del error en las decisiones que tomamos es más importante que cualquier conocimiento que se pueda obtener. Tomé consciencia de que el error es algo que sólo la mediocridad puede dejar pasar por alto, cuando lo que se pretende es un desempeño profesional, un error significa la pérdida de la partida. En un nivel competitivo, perder tan solo un peón es perder casi con seguridad la contienda.

Durante algún tiempo insistí a consultantes, y en capacitaciones a empresas, en lo esencial que era tener un cuaderno en el que poder registrar y analizar nuestro Sistema de Toma de Decisiones, para arribar a la triste conclusión de que es una práctica muy rechazada por nuestra latina cotidianidad. Recuerdo las palabras de Mijaíl Botvinnik -gran campeón mundial de ajedrez: “si no analizas tus partidas, no hay progreso posible”.

Lo que pretendo destacar con este ejemplo es que es esencial para la salud de una persona poner la atención en cómo se plantean los problemas y cómo se actúa. En las adicciones sucede un error frecuente de “diagnóstico”, que parece menor, sin embargo, de trágicas consecuencias. El error consiste en considerar que la adicción es consecuencia de la historia de vida de la persona que padece la adicción; este diagnóstico sepulta cualquier intento de recuperación.

El problema relevante y crítico de una persona que padece una adicción no es lo que consume o realiza de modo adictivo, sino el intento oculto de salvaguardar un aspecto, una parte de sí mismo que considera esencial para su existencia, esta parte se denomina “autocompasión”, y a ella responde su historia de vida como una especie de muralla del ego que cumple una finalidad muy importante, la de defender el ego sin permitir que la persona pueda sanarse.

Esto lo ha puesto perfectamente en evidencia Alcohólicos Anónimos (AA), y lo que está involucrado en este “cerramiento” que el adicto realiza sobre sí mismo es el no poder rendirse ante la situación, o sea: la aceptación de la adicción como una debilidad y el reconocimiento de que se necesita ayuda. Por este motivo, el error en el “diagnóstico” es trágico, puesto que impide la acción de cualquier tipo de ayuda. La autocompasión impide que ingrese la ayuda de terceros a la vida de esta persona porque está “justificado” su accionar.

Soy consciente de que estos comentarios pueden sonar un poco fuertes, pero sin reconocer la debilidad y que nuestro ego herido debe terminar de entregarse, es muy difícil empezar a sanarnos.

Un poquito más allá

Tras la aceptación de la limitación (y esto vale para todos, no sólo para las personas en situación de adicción), es posible pedir y aceptar una ayuda real. Para nuestra sorpresa, existen muchas personas dispuestas a ayudarnos y darnos una mano para salir adelante. Pero sucede algo más, sorprendente, casi milagroso: la resignación a la autocompasión nos permite una nueva emergencia de nuestro Yo que, tras reconocer la pretensión infantil de cerrarnos sobre muestro dolor, nos hace resurgir con nuevos mecanismos psicológicos de adaptación y fortalecimiento del carácter, aspecto que también puede verse en las personas pertenecientes a AA, quiénes insisten en que siempre serán alcohólicas, o sea: nunca ocultarán su error en su toma de decisiones pasadas.

¿Por qué?

Porque lo que enferma es el acto de poder del Ego, no una substancia, ni un virus, ni un acontecimiento. Si puedo, lo seguiré desarrollando en otros posteos…

¡Abre tus brazos!

¿Por qué realizo tanta insistencia en la angustia, el alejamiento del confort y de toda comodidad? Porque tras estos últimos se esconde la pretensión de construir una imagen del Yo que intente evadirse de toda limitación propia de la existencia humana; a esta imagen encubridora la denominamos “Ego”. El problema es que construir a lo largo de toda la vida de una persona esta imagen, basada en nuestras conquistas, nuestros logros tangibles, nuestros reconocimientos sociales, es algo altamente peligroso. ¿Por qué?

Para responder esta pregunta y comprender el fondo de este planteo, basta mirar qué sucede en la vida de una persona “exitosa”, desde el punto de vista social, cuando un hecho desafortunado sucede. En primer lugar no hay nada que pueda soportarlo, no hay nada que pueda contener el dolor; pero en segundo lugar, sucede algo que llamaría una “condenación en vida”: ¡esta persona debe continuar con su vida! La demanda de su Ego es tan grande; a esta “fama” (pequeña o grande) ha consagrado todas sus fuerzas, y ella ahora le demanda despiadadamente (sin consideración de su dolor) que siga y siga, que continúe actuando de la misma manera, que no puede detener la máquina. ¿Me comprendés? Poco hay más terrible que esto… además de todo el dolor, tenés que ahogarlo dentro de vos mismo, debés enviar a matar a tu propio corazón. Peor que un sufrimiento es un sufrimiento asfixiado.

No hay ningún problema en el desarrollo de las capacidades de una persona, ni de la fama incluso, el problema es que te lo creas. Una cosa es tener una función social, otra “creérsela”.

Ok. Continuemos. Tengo más malas noticias para vos. La limitación va a llegar, inevitable e impredeciblemente. ¿Entendés? Algún día, algo malo va a suceder. Lo que pretendo decirte, y que lo traigo aquí desde la experiencia de los místicos y de los psicólogos junguianos, es que es imprescindible el desarrollo del mundo interior, prestarle atención por encima de cualquier situación externa, porque es la única manera de afrontar esta guerra perdida por la prevalencia del Ego.

Sé que todavía no nos entendemos. Tal vez pueda explicarme mejor cambiando el enfoque: existe un increíble potencial en nuestra psique para afrontar las diversas situaciones vitales que nos tocan vivir, que puede potenciar nuestra vida en los momentos positivos y que puede ayudarnos en nuestros dolores. No se trata de un modo de defenderse, sino todo lo contrario, un modo de crecimiento desde dentro hacia afuera. ¡Creo que estoy progresando en mi modo de expresarme!

Vos me dirás: “Ok. Lo compro. ¿Cómo se hace?” Lo primero (volvemos al punto de partida) es lo más difícil pero pone en marcha todo el funcionamiento interior: no hay que hacer nada. O sea: hay que dejar de alimentar el Ego, dejar de hacer cosas por su fama y su prestigio. Luego, la angustia marcará el camino. El Ego es una anestesia del ser; siempre que haya angustia él estará fallando y siempre que no la haya él estará refugiándose en alguna comodidad o “zona de confort”, como dicen los psicólogos “top”. Aquí hay una señal clara, como un cartel en una autopista que te indica en qué dirección debes continuar.

Sólo prestar atención al proceso, puede ser de enorme trascendencia y aún eficacia.