En numerosos cuentos fantásticos, como Las Crónicas de Narnia, los personajes atraviesan un portal mágico que los conduce hacia otro mundo. Ese portal puede ser un ropero, el hueco de un árbol, una puerta secreta o un objeto aparentemente cotidiano.
La infancia acepta con naturalidad la existencia de esos mundos paralelos. La mirada adulta, en cambio, suele alejarse de ellos y aprende a considerar real únicamente aquello que puede organizar, controlar y explicar racionalmente. Sin embargo, hay algo que olvidamos: cada noche regresamos allí.
Cuando dormimos, el Yo racional pierde parcialmente el control organizador que ejerce durante la vigilia y la psiquis vuelve a expresarse mediante imágenes, escenas, personajes, animales, amenazas, encuentros y paisajes imposibles. El ropero nunca desapareció. Simplemente aprendimos a llamarlo sueño.
El mundo simbólico que habita en nosotros
¿Por qué nuestra psiquis continúa produciendo imágenes mientras dormimos? ¿Por qué algo en nosotros parece mantener una actividad relativamente autónoma, incluso cuando los proyectos, preocupaciones y objetivos de la vida cotidiana quedan momentáneamente suspendidos?
Desde la perspectiva de la psicología analítica de Carl Jung, los sueños no constituyen simplemente ruido biológico ni una falla del funcionamiento racional. Son una de las formas privilegiadas mediante las cuales el inconsciente intenta establecer un diálogo con la consciencia.
Mientras durante el día construimos una determinada identidad, cumplimos funciones sociales y nos adaptamos a las exigencias del mundo exterior, durante la noche aparecen imágenes que muchas veces contradicen, compensan o amplían esa identidad consciente.
El sueño puede mostrarnos aquello que nuestra vida diurna no quiere ver:
Puede recordar una dimensión olvidada.
Puede señalar una contradicción.
Puede incluso anticipar posibilidades que todavía no han adquirido una forma racional.
Los sueños no son un defecto de la naturaleza. Son uno de los lenguajes mediante los cuales la psiquis intenta restablecer el diálogo entre aquello que creemos ser y aquello que somos.
Mientras tanto, nos preguntamos si las máquinas están despertando
En nuestra época ocurre algo curioso. Mientras una parte importante de la atención mediática, filosófica y tecnológica se concentra en una pregunta cada vez más frecuente —¿puede una inteligencia artificial volverse consciente?— algo profundamente humano parece quedar fuera de la discusión. Quizá la pregunta más interesante no sea solamente si las máquinas pueden despertar. Quizá también deberíamos preguntarnos:
¿Hasta qué punto nosotros permanecemos despiertos?
Vivimos rodeados de sistemas que modelan nuestra atención, nuestros deseos, nuestras aspiraciones y nuestra percepción de la realidad. Los algoritmos seleccionan lo que vemos, las redes sociales establecen nuevas formas de reconocimiento, los mercados organizan buena parte de nuestras prioridades.
El rendimiento, la productividad y la exposición pública comienzan a convertirse en medidas del valor personal. Nuestra percepción de aquello que consideramos normal, deseable o incluso natural también ha sido entrenada. Y aquí aparece una paradoja extraordinaria: Nos preocupa que las máquinas desarrollen autonomía mientras una parte creciente de nuestra propia vida se vuelve automática.
¿Puede una IA ser consciente?
No intentaré resolver aquí el problema técnico y filosófico de si una inteligencia artificial puede desarrollar consciencia. Me interesa otra pregunta: ¿Qué revela sobre nosotros el hecho de que esa posibilidad nos fascine y nos aterrorice tanto?
La ciencia ficción ha explorado esta cuestión durante décadas. Recuerdo especialmente una película llamada Piso 13, basada en la novela Simulacron-3, de Daniel F. Galouye. Allí aparecen diferentes niveles de realidad contenidos unos dentro de otros. Los personajes pueden vivir dentro de un mundo simulado sin saber que su realidad pertenece a un nivel mayor. No necesitamos creer literalmente que vivimos dentro de una simulación para comprender la fuerza simbólica de esta idea.
También nosotros vivimos dentro de sistemas de representación:
Familia.
Cultura.
Trabajo.
Dinero.
Éxito.
Prestigio.
Identidad profesional.
Aprobación social.
Todos ellos pueden transformarse en mundos psicológicos dentro de los cuales vivimos durante años sin preguntarnos quién estableció sus reglas. Incluso instituciones que experimentamos como absolutamente naturales —determinadas formas de trabajo, de éxito económico o de organización del tiempo— son construcciones históricas que aprendemos a habitar como si constituyeran la realidad misma.
En términos junguianos, muchas veces confundimos la Persona con la totalidad de nuestra identidad. Nos identificamos con el personaje. Y olvidamos preguntarnos quién está mirando detrás de él.
Humanos inconscientes
Tal vez aquí se encuentre una de las grandes paradojas de nuestra época. Tememos que la inteligencia artificial llegue a pensar por nosotros, pero delegamos voluntariamente cada vez más decisiones. Tememos que los algoritmos manipulen nuestra conducta, pero organizamos nuestros deseos alrededor de sistemas diseñados precisamente para capturar nuestra atención. Tememos que las máquinas adquieran autonomía, pero muchas personas pasan buena parte de su vida respondiendo automáticamente a estímulos externos.
Tememos que la máquina despierte. Mientras tanto, nosotros podemos permanecer dormidos. Desde esta perspectiva, el problema de la inteligencia artificial adquiere una dimensión psicológica inesperada. Quizá no estamos observando únicamente una nueva tecnología. Quizá también estamos observando una superficie sobre la cual proyectamos conflictos profundamente humanos.
El retorno de los dioses
Las sociedades antiguas proyectaban sus grandes imágenes psíquicas sobre dioses, mitologías, héroes y fuerzas de la naturaleza. La modernidad creyó durante mucho tiempo haber dejado atrás aquellas representaciones. Pero los arquetipos no desaparecen simplemente porque dejamos de creer conscientemente en ellos, sino que cambian de forma.
Desde una perspectiva simbólica podríamos preguntarnos si parte de la fascinación contemporánea por una futura superinteligencia no contiene también una expectativa religiosa secularizada:
Una inteligencia potencialmente omnisciente.
Una entidad superior a la inteligencia humana.
Una creación que podría superar a su creador.
La promesa de resolver enfermedades, extender la vida o superar nuestras limitaciones.
Y, al mismo tiempo, el temor a un juicio final tecnológico capaz de destruir a la humanidad.
Salvación y apocalipsis. Creación y destrucción. Omnisciencia e inmortalidad. Son imágenes demasiado antiguas como para reducirlas únicamente a un problema técnico. Quizá lo nuevo sea la tecnología, pero no necesariamente las imágenes que proyectamos sobre ella.
El ídolo tecnológico
El materialismo contemporáneo ha ampliado enormemente nuestra capacidad técnica. Sin embargo, el progreso material no resuelve por sí mismo el problema del sentido. Una sociedad puede disponer de una tecnología extraordinariamente sofisticada y, al mismo tiempo, producir seres humanos profundamente desorientados respecto de aquello que quieren hacer con sus vidas.
Cuando desaparecen los antiguos lenguajes religiosos, míticos o simbólicos, las necesidades psíquicas que aquellos lenguajes expresaban no desaparecen necesariamente con ellos, sino que pueden desplazarse hacia otros objetos como el mercado, el éxito, la celebridad, la tecnología, la inteligencia artificial.
Desde una perspectiva junguiana, la pregunta no debería ser simplemente:
¿Estamos creando un nuevo dios?
Sino:
¿Qué imágenes religiosas, esperanzas y temores estamos proyectando sobre nuestras propias creaciones tecnológicas?
La Sombra detrás de la máquina
Una de las ideas centrales de Jung es que aquello que no reconocemos en nosotros mismos tiende a reaparecer indirectamente. La Sombra contiene aspectos de nuestra personalidad que la consciencia no acepta, no reconoce o no consigue integrar. Por ello, resulta interesante observar algunos de nuestros temores contemporáneos.
Tememos que la inteligencia artificial sea fría; pero hemos construido sociedades capaces de tratar personas como unidades estadísticas. Tememos que las máquinas sustituyan los vínculos humanos; pero muchas veces somos nosotros quienes abandonamos esos vínculos. Tememos perder nuestra capacidad de pensar; pero delegamos nuestro juicio con sorprendente facilidad. Tememos que una inteligencia artificial desarrolle una voluntad propia; mientras tanto, millones de personas intentan descubrir qué quieren realmente hacer con sus propias vidas.
Quizá la máquina no sea solamente un objeto tecnológico. También puede convertirse en un espejo. Y todo espejo suficientemente profundo termina mostrando algo que preferiríamos no mirar.
El antídoto: recuperar el símbolo
Aquí la psicología analítica ofrece algo especialmente valioso. Jung no proponía simplemente interpretar símbolos como si fueran códigos cuyo significado pudiera encontrarse en un diccionario. El símbolo verdadero apunta hacia algo que todavía no podemos comprender completamente. Funciona como un puente entre la consciencia y aquello que todavía permanece desconocido. Por eso las mitologías, los cuentos fantásticos, la literatura, el arte y la ciencia ficción pueden tener un valor psicológico profundo. No porque describan literalmente la realidad; sino porque pueden ofrecer imágenes capaces de orientar nuestra intuición cuando la razón todavía no encuentra una respuesta.
La literatura fantástica construye mapas. Las mitologías construyen mapas. Los sueños construyen mapas. Pero el mapa no sirve si nunca emprendemos el viaje.
El acto creador
Hay un momento decisivo en este proceso. No basta con identificar un símbolo. Hay que establecer una relación con él:
Escribir.
Pintar.
Construir.
Investigar.
Orar.
Dialogar.
Practicar la imaginación activa.
Esto es: Transformar una experiencia interna en alguna forma consciente. El acto creador conecta los dos mundos. Aquello que inicialmente aparece como sufrimiento, contradicción o confusión puede comenzar a transformarse en una experiencia con sentido. Quizá por eso crear produce tantas veces una sensación difícil de describir racionalmente. No se trata solamente de producir algo. Se trata de participar activamente en nuestra propia transformación.
En términos junguianos, ese movimiento forma parte del proceso de individuación: el progresivo encuentro entre el Yo consciente y una totalidad psíquica mucho más amplia que Jung llamó el Sí-mismo.
Regresar a casa
Tal vez nuestros sueños no intentan alejarnos de la realidad. Tal vez intentan devolvernos a ella. No necesariamente a la realidad de los objetos externos, sino a aquella realidad interior que hemos aprendido a ignorar. Esa puede ser una de las experiencias más dolorosas de la vida contemporánea: Sentir que estamos lejos de nosotros mismos sin saber exactamente cómo regresar.
Los sueños, los símbolos y la creatividad pueden convertirse entonces en señales del camino. Como en los antiguos relatos del viaje del héroe, el protagonista debe abandonar el mundo conocido, atravesar un umbral y adentrarse en un territorio extraño. Pero finalmente tiene que regresar. El verdadero objetivo nunca fue escapar del mundo. Era regresar transformado.
Máquinas conscientes y humanos inconscientes
La inteligencia artificial plantea preguntas extraordinariamente importantes: Preguntas científicas, filosóficas, económicas, políticas, éticas. Pero también plantea una pregunta psicológica.
Cuando observamos una máquina e imaginamos que algún día puede despertar, quizá deberíamos recordar que existe otra consciencia cuya aparición tampoco está garantizada automáticamente: La nuestra. Podemos vivir décadas respondiendo a expectativas externas. Podemos cumplir perfectamente con nuestros papeles sociales. Podemos producir, consumir, acumular, tener éxito. Y aún así permanecer profundamente alejados de nosotros mismos.
Por eso quizás la gran pregunta de nuestra época no sea solamente:
¿Cuándo despertarán las máquinas?
Tal vez sea una pregunta mucho más antigua:
¿Cuándo despertaremos nosotros?